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Ora por los que padecen éste mal


Blogueros con el Papa

Santoral del 11 de Octubre

INDICE


Soledad Torres Acosta, Santa Fundadora de las Siervas de María
Juan XXIII, Papa CCLXI Papa,
Alejandro Sauli, Santo Obispo de Pavía
Zenaida, Santa
Jaboco de Ulm, Beato Religioso
La Madre de Dios de Begoña
San Fermín de Uzés, obispo
San Felipe el diácono, santo del NT
San Bruno de Colonia, obispo
OTROS SANTOS

SAN GOMARIO, Confesor 
 n. 717 en Brabante, Bélgica; † hacia el año 774  
El Señor castiga a los que ama;
y a cualquiera que recibe por hijo suyo, lo azota
(Hebreos 12, 6)

San Gomario nació en Brabante, de padres ricos y adictos a Pipino. Cuando éste subió al trono de Francia lo llamó a su corte y le procuró un partido ventajoso desde el doble punto de vista del nacimiento y de la fortuna en la persona de Gwinmaría. Gomario debió sufrir mucho por el carácter vano e intratable de su mujer, pero soportó sus caprichos sin quejarse, esperando de Dios sólo fuerza y consuelo. Terminó por retirarse, con su consentimiento, a una celda próxima a su morada; finalmente, pasó los últimos años de su vida en una ermita, y murió hacia el año 774.

MEDITACIÓN SOBRE CÓMO DEBEMOS PORTARNOS EN LAS AFLICCIONES

I. Siempre tendremos aflicciones en esta vida; nuestro cuerpo es tan débil y está tan expuesto a innumerables enfermedades; nuestra alma está sujeta a tantas pasiones y la malicia de los hombres es tan grande, que siempre tendremos ocasión de ejercer nuestra paciencia. Esperemos esas ocasiones con valor y sin temblar. Preparémonos a soportar todas las tempestades que vemos se precipitan sobre los demás, y digamos a Dios: Señor, heme aquí; estoy dispuesto a llevar mi cruz y a sufrir todo lo que ordenéis o permitáis me suceda.Meditemos sobre los sufrimientos y no los sentiremos (Tertuliano).

II. Cuando Dios nos envía una prueba, hay que recibirla con humildad como un castigo merecido por nuestros pecados. Un niño que se ve castigado por su padre no se enoja contra él: deplora la pena que su desobediencia le ha causado y promete no volver a caer en su falta. Haz lo mismo cuando Dios te castiga.

III. Hay cristianos a quienes el castigo hace más malos. En lugar de acusar su propia malicia, murmuran contra la divina Providencia y la hacen responsable de los males que sufren. ¡Desventurados! No queréis corregir vuestras faltas en este mundo: vuestras penas no son sino el preludio de los suplicios que os esperan en el infierno. Somos tratados por el hierro y el fuego, pero no nos curamos ni por los cauterios ni por el filo del hierro; y, lo que es más grave, el remedio empeora nuestro estado (Salviano).

La paciencia.
Orad por las personas casadas

ORACIÓN
Oh Dios, gloria y gozo de los ángeles, que habéis hecho célebre por sus milagros a Gomario, el glorioso confesor de vuestro Nombre, sed propicio a los votos de vuestro pueblo,
y haced que celebrando su augusta solemnidad, alcance por su intercesión, el puerto de la salvación eterna. Por J. C. N. S.


San Fermín de Uzés, obispo
fecha: 11 de octubre
†: c. 552 - país: Francia
otras formas del nombre: Firmino
canonización: pre-congregación
hagiografía: Santi e Beati

En Uzés, de la Galia Narbonense, san Fermín, obispo, discípulo de san Cesáreo de Arlés, que enseñó a su pueblo el camino de la verdad.

Éstos son los datos históricos que poseemos: ya obispo, participó en el Concilio de Orleans del 541, 549 y en el de París del 552. Fue discípulo y amigo de san Cesáreo de Arles, con quien (además de otros) suscribió la Regla de las Santas Vírgenes, y, muerto su amigo, escribió el primer libro de la Vida de san Cesareo junto con san Cipriano de Toulon. El poeta romano Arator lo celebraba en estos términos:
«... Firminus venerabilis ille sacerdos
Pascere qui populum dogmatis ore potest.
Hujus ad Italiae tendit laudatio fines,
atque ultra patriam nomen gloria habet.»
(Firmino, el venerable sacerdote,
que puede apacentar al pueblo con su boca.
Hasta los confines de Italia llega su alabanza
y más allá de la patria tiene un nombre en la gloria.)

Se ignora la fecha de su nacimiento y su muerte, pero sabemos que es el tercero en la lista de obispos conocidos de Uzés, seguido por san Ferreolo. Su culto es muy antiguo: el martirologio de Usuardo lo inscribe el 11 de octubre. Una vida, muy posterior e indigna de crédito, trata de hacerlo descendiente de la familia real merovingia y tío de su sucesor.

Traducido para ETF de un artículo de Paul Viard en Enciclopedia dei Santi, que recogemos de Santi e beati; la traducción de los versos latinos es de ADC. En la imagen: tumba de san Fermín en la catedral de Uzés.

fuente: Santi e Beati
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San Felipe el diácono, santo del NT
fecha: 11 de octubre
fecha en el calendario anterior: 6 de junio
†: s. I - país: Israel
canonización: bíblico
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Conmemoración de san Felipe, uno de los siete diáconos elegidos por los Apóstoles, que convirtió a los samaritanos a la fe en Cristo, bautizó al eunuco de Candace, que era la reina de los etíopes, y evangelizó todas las ciudades por las que pasaba hasta llegar a Cesarea de Palestina, donde, según la tradición, descansó en el Señor.
refieren a este santo: Santos Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás

Todo lo que en realidad sabemos acerca de san Felipe, se encuentra en los Hechos de los Apóstoles, principalmente en el capítulo 8. Su nombre sugiere que era de origen griego, pero san Isidoro de Pelusium afirma que había nacido en Cesarea (de Palestina). Su nombre figura en segundo lugar en la lista de los siete diáconos especialmente destinados, en los primeros días de la Iglesia, a cuidar al núcleo de fieles necesitados de protección e instrucción, a fin de que los Apóstoles quedaran desligados de esa obligación y pudieran dedicarse exclusivamente a difundir la «Palabra» (hechos 6,5). Sin embargo, no tardó en ampliarse la tarea de los diáconos, puesto que asistían al sacerdote en el ministerio de la Eucaristía, bautizaban en la ausencia del sacerdote y también ellos predicaban el Evangelio. San Felipe el diácono ponía tanto entusiasmo en la misión de extender la nueva fe, que ya en el propio Hechos de lso Apóstoles se registra para él el sobrenombre de «Evangelista» (Hechos 21,8); también es posible, como hipótesis, que «evangelista» haya sido un oficio en la primitiva Iglesia (quizás evangelizador, o compositor de evangelios), tal como sugiere la lista de «carismas» de Efesios 4,11.

Cuando los discípulos se dispersaron, después del martirio de san Esteban, él llevó la luz del Evangelio a Samaria. El gran éxito que obtuvo indujo a los Apóstoles a enviar, desde Jerusalén, a san Pedro y a san Juan, para confirmar a los conversos. Entre éstos se hallaba Simón Mago, a quien Felipe había bautizado. Probablemente, el diácono se encontraba aún en Samaria, cuando un ángel le dio instrucciones para que se dirigiese al sur, hacia el camino que llevaba de Jerusalén a Gaza. Allí encontró Felipe a uno de los altos funcionarios de la reina Candace de Etiopía. El hombre, que sin duda era un africano prosélito de los judíos, iba en viaje de regreso luego de una peregrinación al Templo de Jerusalén y se hallaba sentado sobre una carreta, abstraído y desconcertado por las profecías de Isaías que estaba leyendo. San Felipe se le acercó para explicarle que los vaticinios del profeta ya se habían cumplido totalmente, con la encarnación, el nacimiento y la muerte de Jesucristo. El etíope creyó y fue bautizado.

El Espíritu de Dios condujo después a San Felipe hacia Azotus, donde predicó lo mismo que en todas las ciudades por las que pasaba, hasta llegar a Cesarea, que tal vez era su lugar de residencia. Unos veinticuatro años después, cuando san Pablo visitó Cesarea, se hospedó en la casa donde san Felipe vivía con sus cuatro hijas solteras, que eran profetisas. De acuerdo con una tradición griega posterior, san Felipe llegó a ser obispo de Tralles, en Lidia. Eusebio de Cesarea menciona a Felipe el diácono, aunque no cuenta más que lo que dice Hechos, pero en una sección donde habla de Felipe el apóstol cita un escrito de Próculo donde dice: «Después de Felipe, hubo en Hierápolis (la de Asia) cuatro profetisas que eran hijas de éste. Su sepulcro y el de su padre se hallan en aquel lugar» (H.E. III,31,4). Parece claro que, aunque Eusebio se haya confundido y citado este testimonio en relación a Felipe el apóstol, se refiere en realidad, con toda probabilidad, a Felipe el diácono, cuyas cuatro hijas, vírgenes y profetizas, son ya conocidas por el Nuevo testamento (Hechos 21,9). En suma, no se sabe con certeza el lugar donde murió Felipe el diácono. El Martirologio Romano actual prefiere ceñirse al dato más seguro, Cesarea de palestina, que proviene del Nuevo Testamento.

Ver el Acta Sanctorum, junio, vol. I; también Eusebio y las introducciones modernas a Hechos de los Apóstoles, como Comentario Bíblico San Jerónimo, tomo III (Hechos) y especialmente Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo, Nuevo Testamento, Hechos, nº 59 (p. 234). Vale, naturalmente, para Felipe el diácono lo mismo que está escrito sobre estos diáconos en el artículo de san Esteban. Este artículo está basado en el Butler, pero con amplias revisiones.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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San Bruno de Colonia, obispo
fecha: 11 de octubre
n.: 925 - †: 965 - país: Alemania
otras formas del nombre: Bruno el Grande
canonización: Conf. Culto: Pío X 1870
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Colonia, en la región de Lotaringia, en Germania, san Bruno, obispo, que, siendo hermano del emperador Otón I, recibió conjuntamente el gobierno de Lotaringia y la función episcopal, y llevó a cabo su misión sacerdotal con gran fidelidad, mostrando a la vez su gran magnanimidad como príncipe.

Parecería que el título de «el Grande» debería aplicarse al otro Bruno, que fue el santo fundador de los cartujos. Sin embargo, tal título se aplica tradicionalmente a este poderoso príncipe-obispo, san Bruno de Colonia, quien vivió ochenta años antes que su homónimo y colaboró ardientemente con su hermano, el emperador Otón I el Grande, en la creación de Alemania y del imperio. Bruno era el más joven de los hijos del emperador Enrique y de santa Matilde. Nació el año 925 y, desde sus primeros años, dejó ver que había heredado las buenas disposiciones de sus padres. Cuando tenía apenas cuatro años, fue enviado a la escuela de la catedral de Utrecht, donde adquirió un gran amor por los estudios. Se dice que la obra de Prudencio era entonces su libro de cabecera y, más tarde, ya en la corte imperial, unos bizantinos le enseñaron el griego. Su hermano Otón le convocó a la corte cuando Bruno tenía catorce años. No obstante su juventud, pronto llegó a ocupar puestos de importancia. El año de 940, fue nombrado secretario confidencial del emperador. Poco después, fue ordenado diácono y recibió, como beneficios, las abadías de Lorsch y Corvey. Aunque estaba prohibido recibir múltiples beneficios, en este caso resultó bien, ya que el santo reformó ambas abadías. San Bruno recibió la ordenación sacerdotal a los veinticinco años. Inmediatamente pasó a Italia con su hermano Otón, actuando como su canciller, y empleó su gran influencia para realizar el deseo imperial de la unión entre la Iglesia y el Estado. Pero el santo no había llegado aún a la cima de su brillante carrera; en efecto, el año 953, la sede de Colonia quedó vacante y Otón lo nombró arzobispo de aquella ciudad.

Durante los doce años en los que desempeñó ese cargo, san Bruno jugó un papel muy importante en la política imperial, que estaba íntimamente unida con los asuntos eclesiásticos, sin descuidar jamás sus deberes religiosos y pastorales. Desde luego, su vida era un ejemplo de piedad y de bondad. Por otra parte, san Bruno mantenía a raya las ambiciones del clero y de los nobles mediante frecuentes visitas. Para mantener el nivel espiritual de su arquidiócesis, se valía sobre todo de la difusión de la sana doctrina y del espíritu monástico. Ya antes de ser obispo, había empleado toda su influencia para reformar el imperio y, por cierto que la influencia de un arzobispo hermano del emperador era muy poderosa. Mientras Otón se hallaba en Italia, su yerno, Conrado el Rojo, duque de Lorena, se levantó en armas; el emperador derrotó a Conrado y concedió a san Bruno el ducado de Lorena. Aunque el ducado no iba unido al título de arzobispo, el nombramiento de san Bruno dio origen al poder temporal de los arzobispos de Colonia, quienes se convirtieron en príncipes del Sacro Romano Imperio. La habilidad de san Bruno en el gobierno era tan grande como su bondad. El santo demostró particular aptitud para apaciguar las numerosas disputas políticas entre los habitantes de Lorena y consiguió imponer el orden y la autoridad del imperio en la región. En esa tarea de unificación le ayudó mucho su clero, muy instruido y disciplinado, y tuvo tanto tino en sus numerosas elecciones de prelados que se le apodó «el creador de obispos». El momento culminante de la carrera de san Bruno fue el año 961, cuando el emperador llegó a Roma para ser coronado, ya que durante su ausencia dejó a san Bruno y a su medio hermano Guillermo, arzobispo de Mainz, como corregentes del Imperio y tutores del que luego será Otón II.

San Bruno el Grande murió cuatro años después, el 11 de octubre de 965, cuando sólo tenía cuarenta años de edad. Su culto en la diócesis de Colonia fue confirmado en 1870.

La biografía de San Bruno, escrita por su discípulo Ruotgerio, es una de las biografías medievales más fidedignas y satisfactorias. Puede verse en Acta Sanctorum, vol. V, y en Monumenta Germaniae Historica, Scriptores, nueva serie, ed. Irene Ott (1951); cf. en la antigua edición el vol. IV, pp. 224-274. La biografía a la que nos referimos fue escrita cuatro años después de la muerte de san Bruno.
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fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Fuente: ar.geocities.com/misa_tridentina04
Alejandro Sauli, Santo-Obispo de Pavía

Se cuenta que Alejandro Sauli era muy joven todavía cuando se presentó un día con un crucifijo en la mano ante una multitud que asistía a un espectáculo de acróbatas y saltimbanquis, y predicó severamente contra ese tipo de diversiones frívolas, con gran asombro de todos los presentes. Aunque el santo exageró tal vez un tanto al proceder así; ese gesto puede considerarse como un símbolo de su vida, ya que se consagró por entero a la restauración del orden cristiano en la atmósfera de negligencia y fríaldad religiosas de mediados del siglo XVI. Alejandro nació en Milán en 1535, pero su familia era originaria de Génova. A los diecisiete años, ingresó en la congregación de los clérigos regulares barnabitas. Sus superiores le enviaron a proseguir sus estudios en el colegio que la congregación tenía en Pavía, y el santo pagó de su bolsillo la obra de ensanchamiento de la biblioteca del establecimiento. En 1556, después de su ordenación sacerdotal, empezó a enseñar filosofía y teología en la Universidad. El obispo de la ciudad le tomó pronto por teólogo suyo, y la reputación de Alejandro como predicador empezó a crecer rápidamente. El éxíto que tuvo en Pavía fue tan grande, que San Carlos Borromeo le invitó a predicar en la catedral; a sus sermones asistieron el propio San Carlos y el cardenal Sfondrati quien fue más tarde Papa con el nombre de Gregorio XIV. Las ardientes palabras del joven barnabita arrancaron lágrimas a ambos personajes, quienes le tomaron por confesor; San Carlos Borromeo siguió dirigiéndose con él muchos años. En 1567, el P. Sauli fue elegido preboste general de su congregación. Aunque no tenía más que treinta y ocho años, parecía bastante seguro de sí mismo como para oponerse al parecer de San Pío V y de san Borromeo. En efecto, el cardenal Borromeo, quien era protector de los "Humiliati" que quedaban, había recibido la misión de reformarlos, ya que dichos frailes eran tan ricos como de costumbres poco edificantes. Para ello decidió fundir a los "Humiliati" con la fervorosa congregación de los barnabitas, recientemente fundada. Pero San Alejandro, aunque estaba dispuesto hacer cuanto pudiera por ayudar a los "Humiliati", no se sentía oblígado a aceptar una medida que podía hacer daño a sus hijos, y San Carlos Borromeo tuvo que renunciar a su propósito.

La firmeza de San Alejandro y su celo apostólico no pasaron ínadvertidos a los ojos del gran reformador San Pío V, quien le nombró en 1570 obispo de Aleria, en Córcega, a pesar de sus protestas. San Carlos Borromeo le confirió la consagración, y el nuevo obispo se trasladó a su diócesis. La tarea que tenía ante sí era imponente. El clero era tan ignorante como corrompido; el pueblo, que conservaba aún muchas costumbres bárbaras, poseía apenas algunos rudimentos de religión; la isla estaba infestada de bandidos, y las salvajes venganzas entre las familias eran cosa de todos los días. San Alejandro llevó consigo a tres barnabitas para que le ayudasen en la tarea. Inmediatamente después de establecerse en Tallona, porque la ciudad episcopal estaba en ruinas, congregó un sínodo y anunció las reformas que se proponía llevar a cabo. En seguida procedió a visitar su diócesis, y en el curso de la visita comenzó a aplicar las nuevas leyes con todo el rigor que se imponía. El gobierno del santo duró veinte años, y el cambio que se efectuó en la isla fue tan notable, que las gentes le llamaban el apóstol de Córcega. En el tercer sínodo diocesano, el santo promulgó los decretos del Concilio de Trento y la energía con que supo exigir su cumplimiento fue sin duda lo que más contribuyó a la reforma de las costumbres. San Alejandro tuvo que hacer frente no sólo a la oposición de sus subalternos, sino también a la violencia de los extraños, ya que los piratas berberiscos solían atacar con frecuencia la isla. Debido a ello, el santo obispo se vio obligado a cambiar tres veces de residencia y, finalmente, estableció en Cervione su catedral, su capítulo y su seminario.

Durante su gobierno, tuvo que hacer frecuentes viajes a Roma, donde se hizo muy amigo de San Felipe Neri, quien le consideraba como modelo de prelados. Era un canonista consumado que escribió varias cartas pastorales y obras catequéticas. Habiendo tenido un éxito tan grande en Córcega, es muy natural que se le hayan ofrecido las diócesis de Tortona y Génova; pero el santo se negó a cambiar de sede hasta que Gregorio XIV le impuso, por obediencia, que aceptase el gobierno de la diócesis de Pavía en 1591. Dios le llamó a Sí al año siguiente, cuando se hallaba en Calozza visitando la diócesis. Durante su vida, San Alejandro poseyó el don de profecía y el de calmar las tempestades. Los milagros continuaron después de su muerte y su canonización tuvo lugar en 1904.
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Autor: P. Felipe Santos | Fuente: Catholic.net
Zenaida, Santa

Etimológicamente significa “la que recibe la vida de Zeus”. Viene de la lengua griega.

Hay en la naturaleza humana un deseo de poseer todo. Pero quien quiere todo a la vez raya en el vértigo delo imposible; y nada que sea amplio, nada que sea duradero, puede realizarse.

Zenaida fue del siglo I de nuestra era y se convirtió al cristianismo por san Pablo, que era su primo.

Nació en Tarso, Turquía, y salió de esta ciudad para marcharse a las montañas que bordean el Cydnus para instalarse en una gruta.

Se sabe que antes de su conversión, había ejercido la medicina. Una vez conversa, continuó haciéndolo con cualquier persona que se encontrase o que fuera a su consulta.

Una de sus preferencias fue tratar siempre a los niños enfermos y a los poseídos por el diablo.
Un día se presentaron ante su gruta tres hombres atraídos por su santidad.

Le rogaban que tuviera la bondad de tenderles y celebrar con ella una entrevista.

Zenaida consintió. Al poco tiempo, los tres caballeros, Papas, Pateras y Filosiro, se entregaron a la vida contemplativa en aquellos lugares.

A los tres años fueron a decirle:”Por qué, en lugar de estar aquí escondidos, no nos vamos a la ciudad??”

Zenaida se dejó convencer y se marchó con ellos. El primer día de viaje, ella se clavó una espina en el pie y murió.

Zenaida es muy venerada entre los griegos, y sobre su figura se han escrito muchos libros
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Papa Juan XXIII

(Sotto il Monte, 1881 - Roma, 1963) Pontífice romano, de nombre Angelo Giuseppe Roncalli. Era el tercer hijo de los once que tuvieron Giambattista Roncalli y Mariana Mazzola, campesinos de antiguas raíces católicas, y su infancia transcurrió en una austera y honorable pobreza. Parece que fue un niño a la vez taciturno y alegre, dado a la soledad y a la lectura. Cuando reveló sus deseos de convertirse en sacerdote, su padre pensó muy atinadamente que primero debía estudiar latín con el viejo cura del vecino pueblo de Cervico, y allí lo envió.

Lo cierto es que, más tarde, el latín del papa Roncalli nunca fue muy bueno; se cuenta que, en una ocasión, mientras recomendaba el estudio del latín hablando en esa misma lengua, se detuvo de pronto y prosiguió su charla en italiano, con una sonrisa en los labios y aquella irónica candidez que le distinguía rebosando por sus ojos.

Por fin, a los once años ingresaba en el seminario de Bérgamo, famoso entonces por la piedad de los sacerdotes que formaba más que por su brillantez. En esa época comenzaría a escribir su Diario del alma, que continuó prácticamente sin interrupciones durante toda su vida y que hoy es un testimonio insustituible y fiel de sus desvelos, sus reflexiones y sus sentimientos.

En 1901, Roncalli pasó al seminario mayor de San Apollinaire reafirmado en su propósito de seguir la carrera eclesiástica. Sin embargo, ese mismo año hubo de abandonarlo todo para hacer el servicio militar; una experiencia que, a juzgar por sus escritos, no fue de su agrado, pero que le enseñó a convivir con hombres muy distintos de los que conocía y fue el punto de partida de algunos de sus pensamientos más profundos.

El futuro Juan XXIII celebró su primera misa en la basílica de San Pedro el 11 de agosto de 1904, al día siguiente de ser ordenado sacerdote. Un año después, tras graduarse como doctor en Teología, iba a conocer a alguien que dejaría en él una profunda huella: monseñor Radini Tedeschi. Este sacerdote era al parecer un prodigio de mesura y equilibrio, uno de esos hombres justos y ponderados capaces de deslumbrar con su juicio y su sabiduría a todo ser joven y sensible, y Roncalli era ambas cosas. Tedeschi también se sintió interesado por aquel presbítero entusiasta y no dudó en nombrarlo su secretario cuando fue designado obispo de Bérgamo por el papa Pío X. De esta forma, Roncalli obtenía su primer cargo importante.

Dio comienzo entonces un decenio de estrecha colaboración material y espiritual entre ambos, de máxima identificación y de total entrega en común. A lo largo de esos años, Roncalli enseñó historia de la Iglesia, dio clases de Apologética y Patrística, escribió varios opúsculos y viajó por diversos países europeos, además de despachar con diligencia los asuntos que competían a su secretaría. Todo ello bajo la inspiración y la sombra protectora de Tedeschi, a quien siempre consideró un verdadero padre espiritual.

En 1914, dos hechos desgraciados vinieron a turbar su felicidad. En primer lugar, la muerte repentina de monseñor Tedeschi, a quien Roncalli lloró sintiendo no sólo que él perdía un amigo y un guía, sino que a la vez el mundo perdía un hombre extraordinario y poco menos que insustituible. Además, el estallido de la Primera Guerra Mundial fue un golpe para sus ilusiones y retrasó todos sus proyectos y su formación, pues hubo de incorporarse a filas inmediatamente. A pesar de todo, Roncalli aceptó su destino con resignación y alegría, dispuesto a servir a la causa de la paz y de la Iglesia allí donde se encontrase. Fue sargento de sanidad y teniente capellán del hospital militar de Bérgamo, donde pudo contemplar con sus propios ojos el dolor y el sufrimiento que aquella guerra terrible causaba a hombres, mujeres y niños inocentes.

Concluida la contienda, fue elegido para presidir la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe y pudo reanudar sus viajes y sus estudios. Más tarde, sus misiones como visitador apostólico en Bulgaria, Turquía y Grecia lo convirtieron en una especie de embajador del Evangelio en Oriente, permitiéndole entrar en contacto, ya como obispo, con el credo ortodoxo y con formas distintas de religiosidad que sin duda lo enriquecieron y le proporcionaron una amplitud de miras de la cual la Iglesia Católica no iba a tardar en beneficiarse.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Roncalli se mantuvo firme en su puesto de delegado apostólico, realizando innumerables viajes desde Atenas y Estambul, llevando palabras de consuelo a las víctimas de la contienda y procurando que los estragos producidos por ella fuesen mínimos. Pocos saben que si Atenas no fue bombardeada y todo su fabuloso legado artístico y cultural destruido, ello se debe a este en apariencia insignificante cura, amable y abierto, a quien no parecían interesar mayormente tales cosas.

Una vez finalizadas las hostilidades, fue nombrado nuncio en París por el papa Pío XII. Se trataba de una misión delicada, pues era preciso afrontar problemas tan espinosos como el derivado del colaboracionismo entre la jerarquía católica francesa y los regímenes pronazis durante la guerra. Empleando como armas un tacto admirable y una voluntad conciliadora a prueba de desaliento, Roncalli logró superar las dificultades y consolidar firmes lazos de amistad con una clase política recelosa y esquiva.

En 1952, Pío XII le nombró patriarca de Venecia. Al año siguiente, el presidente de la República Francesa, Vicent Auriol, le entregaba la birreta cardenalicia. Roncalli brillaba ya con luz propia entre los grandes mandatarios de la Iglesia. Sin embargo, su elección como papa tras la muerte de Pío XII sorprendió a propios y extraños. No sólo eso: desde los primeros días de su pontificado, comenzó a comportarse como nadie esperaba, muy lejos del envaramiento y la solemne actitud que había caracterizado a sus predecesores.

Para empezar, adoptó el nombre de Juan XXIII, que además de parecer vulgar ante los León, Benedicto o Pío, era el de un famoso antipapa de triste memoria. Luego, abordó su tarea como si se tratase de un párroco de aldea, sin permitir que sus cualidades humanas quedasen enterradas bajo el rígido protocolo, del que muchos papas habían sido víctimas. Ni siquiera ocultó que era hombre que gozaba de la vida, amante de la buena mesa, de las charlas interminables, de la amistad y de las gentes del pueblo.

Como pontífice dio un nuevo planteamiento al ecumenismo católico con el Secretariado para la Unidad de los Cristianos y el acogimiento en Roma de los supremos jerarcas de cuatro Iglesias protestantes. Su pontificado abrió nuevas perspectivas a la vida de la Iglesia y, aunque no se dieron cambios radicales en la estructura eclesiástica, promovió una renovación profunda de las ideas y las actitudes.

Su propósito pronto fue claro para todos: poner al día la Iglesia, adecuar su mensaje a los tiempos modernos enmendando pasados yerros y afrontando los nuevos problemas humanos, económicos y sociales. Para conseguirlo, Juan XXIII dotó a la comunidad cristiana de dos herramientas extraordinarias: las encíclicas Mater et Magistra y Pacem in terris. En la primera explicitaba las bases de un orden económico centrado en los valores del hombre y en la atención de las necesidades, hablando claramente del concepto "socialización" y abriendo para los católicos las puertas de la intervención en unas estructuras socioeconómicas que debían ser cada vez más justas.

En la segunda se delineaba una visión de paz, libertad y convivencia ciudadana e internacional vinculándola al amor que Cristo manifestó por el género humano en la Última Cena. Ambas encíclicas suponían una revolución copernicana en la visión católica de los problemas temporales, pues aceptaban la herencia de la Revolución Francesa y de la democracia moderna, haciendo de la dignidad del hombre el centro de todo derecho, de toda política y de toda dinámica social o económica.

Poco antes de su muerte, acaecida el 3 de junio de 1963, Juan XXIII aún tuvo el coraje de convocar un nuevo concilio que recogiese y promoviese esta valerosa y necesaria puesta al día de la Iglesia: el Concilio Vaticano II. A través de él, el papa Roncalli se proponía, según sus propias palabras, "elaborar una nueva Teología de los misterios de Cristo. Del mundo físico. Del tiempo y las relaciones temporales. De la historia. Del pecado. Del hombre. Del nacimiento. De los alimentos y la bebida. Del trabajo. De la vista, del oído, del lenguaje, de las lágrimas y de la risa. De la música y de la danza. De la cultura. De la televisión. Del matrimonio y de la familia. De los grupos étnicos y del Estado. De la humanidad toda".

Se trataba de una tarea de titanes que sólo un hombre como Juan XXIII fue capaz de concebir e impulsar, y que sus herederos recibirían como un legado a la vez imprescindible y comprometedor. Pablo VI, su sucesor y amigo, declaró tras ser elegido nuevo pontífice que la herencia del papa Juan no podía quedar encerrada en su ataúd. Él se atrevió a cargarla sobre sus hombros y pudo comprobar que no era ligera. Casi cuatro décadas después, en el año 2000, Juan XXIII fue beatificado por otro papa carismático, Juan Pablo II; y, el 27 de abril de 2014, ambos fueron canonizados por el papa Francisco, el primer pontífice hispanoamericano de la historia de la Iglesia.
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Fuente: ar.geocities.com/misa_tridentina04
Jaboco de Ulm, Beato-Religioso

El Beato Jacobo nació en 1407, en Ulm de Alemania, en el seno de la respetable familia de los Griesinger. A los veinticinco años partió de su patria a Italia, donde se enroló como soldado en Nápoles; pero, disgustado por las costumbres licenciosas de sus compañeros de filas y al comprobar que su buen ejemplo no les hacía mella, abandonó el ejército y entró a servir como secretario a un abogado de Capua.

Desempeñó su oficio con tanto acierto que, cinco años después cuando decidió partir, el abogado no se lo permitió. Pero Jacobo logró escabullirse y se dirigió a Alemania, aunque no llegó a su país natal, pues en Bolonia volvió a enrolarse en el ejército. Durante su estancia en esa ciudad, acostumbraba a ir con frecuencia al santuario de Santo Domingo y acabó por ingresar en la orden como hermano lego. Su prior, queriendo demostrar la obediencia de Jacobo a un prelado que se hallaba de paso en el convento, le entregó una carta y le dijo que la llevase inmediatamente a París. No obstante que el viaje era largo, difícil y peligroso, el hermano Jacobo tomó la carta como la cosa más natural del mundo y pidió simplemente permiso de pasar por su celda para tomar su sombrero y su bastón.

Los hijos de Santo Domingo ocupan un sitio distinguido en la historia del arte. El Beato Jacobo, como su hermano en religión Guillermo de Marcillat, era un maestro consumado en el arte de pintar sobre vidrio. Sus superiores le dedicaron a ese trabajo y el beato solía prepararse a él con la oración asidua.

En cierta ocasión, fue arrebatado en éxtasis y se le atribuyeron numerosos milagros, antes y después de su muerte. Dios le llamó a Sí el 11 de octubre 1491, cuando tenía ochenta y cuatro años. Fue beatificado en 1825.

Su contemporáneo, Fray Ambrosino de Saracino, nos legó una semblanza del Jacobo en italiano; puede verse traducida al latín en Acta Sanctorum, oct., vol. v. CL Wilms, lakob Griesinger (1922); y Procter, Dominican Saints, pp. 287-291.
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Santa María Soledad Torres
Año 1887

Dios sea bendito por estas obras de caridad tan admirables
que inspira en su Santa Iglesia Católica.
Que sigan apareciendo muchas más.

Maria Soledad Torres AcostaEsta es la santa fundadora de las hermanas Siervas de María, Ministras de los enfermos, que tienen 126 casas en el mundo con 2,380 religiosas.

Nació en 1826 en Madrid (España), hija de modestos comerciantes que la instruyeron muy bien en la religión.

Estudió con las hermanas Vicentinas y al ver la dedicación total de estas religiosas a los más pobres, se entusiasmó por la vida religiosa. Pero era muy débil de salud y no fue admitida en la comunidad. Solamente a la edad de 25 años logrará cumplir su anhelo de ser religiosa.

El párroco de un barrio pobre de Madrid se entristecía al ver que muchos enfermos morían en el más completo abandono y sin recibir los santos sacramentos. Y pensó en reunir a un grupo de mujeres piadosas que visitaran a los enfermos en sus domicilios y les ayudaran a bien morir.

Al enterarse Soledad Torres de este deseo del párroco se presentó a él para ofrecerse a ayudarle en tan caritativa misión. Ella desde niña había asistido a varios moribundos y sentía un gusto especial por asistir a enfermos y moribundos. Era una gracia que le había concedido el Espíritu Santo. Aunque el sacerdote le rechazó en una primera entrevista porque le parecía muy débil y enfermiza para esas labores, después se dio cuenta de que era un alma de Dios y con ella y seis compañeras más, fundó el 15 de agosto de 1851, la comunidad de Siervas de María o Ministros de los enfermos.

La novedad de esta comunidad era que ellas debían asistir a domicilio y totalmente gratis a los enfermos que lo solicitaran.

Por aquellos tiempos llegó a Europa la terrible epidemia del cólera y en los hospitales no cabían los enfermos. Muchos de ellos eran abandonados por sus familiares por temor al contagio. Fue entonces cuando María Soledad y sus religiosas se multiplicaron por todas partes para atender a los más abandonados.

El fundador de la comunidad se fue de misionero a lejanas tierras y el sucesor se dejó creer de cuentos y habladurías y destituyó a Soledad del cargo de superiora. Ella se alegró de poder asemejarse a Cristo en padecer incomprensiones y persecuciones. En sus visitas a Jesús Sacramentado obtenía fuerzas para sufrir con paciencia y por amor a Dios. Después se supo la verdad de todo y fue restablecida en su cargo, y bajo su dirección se extendió admirablemente su congregación. Murió la santa el 11 de octubre de 1887 a la edad de 61 años. Fue canonizada por Pablo VI en 1970.
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La fiesta de la Maternidad de la bienaventurada Virgen María.
En Tarso de Cilicia, las santas mujeres Cenaida y Filonia, hermanas, que fueron parientas de san Pablo Apóstol, y en la fe sus discípulas.
En Vexin de Francia, el suplicio de los santos Mártires Nicasio, Obispo de Rúan, Quirino, Presbítero, Escubículo, Diácono, y Piencia, Virgen, en tiempo del Presidente Fescenino.
En Besanzón de Francia, san Germán, Obispo y Mártir.
Igualmente el martirio de los santos Anastasio, Presbítero, Plácido, Ginés y sus Compañeros.
En Tarso de Cilicia, el triunfo de los santos Mártires Taraco, Probo y Andrónico, los cuales en la persecución de Diocleciano, atormentados por mucho tiempo en un inmundo calabozo y por tres veces probados con varios suplicios y penas, finalmente en la confesión de Cristo, cortadas las cabezas, lograron el triunfo de la gloria.
En la Tebaida, san Sármatas, que fue discípulo de san Antonio Abad, y murió por Cristo a manos de los Sarracenos.
En Ucés de la Galia Narbonense, san Fermín, Obispo y Confesor.
En Calosso, diócesis de Asti, antes de Pavía, san Alejandro Saulo, de la Congregación de Clérigos Regulares de san Pablo, Obispo y Confesor, a quien, ilustre por su linaje, virtud, doctrina y milagros, el Sumo Pontífice Pío X puso en el catálogo de los Santos.
En el monasterio de Achoury en Escocia, san Cánico, Presbítero y Abad.
En Lira de Bélgica, el tránsito de san Gunmaro, Confesor.
En Rennes de Francia, san Emiliano, Confesor.
En Verona, santa Placidia, Virgen.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes.
R. Deo Gratias.
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