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Santa Inés

Benedicto XVI:En Santa Inés brilla la belleza de pertenecer a Cristo sin tuitubeos
21 de Enero

SANTA INÉS

Su nombre latino es Agnes, asociado a "agnus" (cordero). En torno a ella surgió la costumbre de los corderos blancos de cuya lana se hacen palios para dignatarios eclesiásticos.
Inés martir nacida y martirizada en Roma en la primera mitad del siglo IV.
Los pocos datos que se tienen de ella dieron lugar a varias leyendas piadosas en torno a su martirio. Según la más difundida, ella era una joven hermosa y rica, pretendida en matrimonio por muchos nobles romanos. Por no aceptar a ninguno, aduciendo que estaba ya comprometida con Cristo, fue acusada de ser cristiana. Llevada a un prostíbulo, fue protegida por unos ángeles y señales celestes. Fue entonces puesta en una hoguera que no la quemó y, luego, decapitada en año 304 A.D. La hija de Constantino (Constantina) le erigió una basílica en la Vía Nomentana y su fiesta se comenzó a celebrar a mediados del siglo IV.

Escritores antiguos, como el Papa Dámaso, Ambrosio de Milán y el poeta Aurelio Prudencio, dejaron testimonios sobre santa Inés.

Patrona de las jóvenes, de la pureza, de las novias y prometidas en matrimonio y de los jardineros, ya que la virginidad era simbolizada con un jardín cerrado.

Iconografía: niña o señorita orando, con diadema sobre la cabeza y una especie de estola sobre hombros (alusión al palio). Como atributos: un cordero (a sus pies o en sus brazos), evocación de su nombre latino; una pira, espada, palma y lirios, en alusión a su pureza y martirio.
Su nombre entró al canon o plegaria eucarística primera.
San Ambrosio en una de sus homilías habló de Santa Inés como un personaje muy conocido de las gentes de aquel tiempo. Recuerda que su nombre viene de Agnus, y significa "pura".
Y añade el santo: "Se refiere que ella tenía sólo trece años cuando fue martirizada. Y notemos el poder de la fe que consigue hacer mártires valientes en tan tierna edad. Casi no había sitio en tan pequeño cuerpo para tantas heridas.
Se mostró valientísima ante las más ensangrentadas manos de los verdugos y no se desanimó cuando oyó arrastrar con estrépito las pesadas cadenas. Ofreció su cuello a la espada del soldado furioso. Llevada contra su voluntad ante el altar de los ídolos, levantó sus manos puras hacia Jesucristo orando, y desde el fondo de la hoguera hizo el signo de la cruz, señal de la victoria de Jesucristo.”
Todos lloraban menos ella. Las gentes admiraban la generosidad con la cual brindaba al Señor una vida que apenas estaba empezando a vivir. Estaban todos asombrados de que a tan corta edad pudiera ser ya tan valerosa mártir en honor de la Divinidad.
Cuántas amenazas empleó el tirano para persuadirla. Cuántos halagos para alejarla de su religión. Mas ella respondía: ‘La esposa injuria a su esposo si acepta el amor de otros pretendientes. Únicamente será mi esposo el que primero me eligió, Jesucristo. ¿Por qué tardas tanto verdugo? Perezca este cuerpo que no quiero sea de ojos que no deseo complacer’.
Llegado el momento del martirio. Reza. Inclina la cabeza. Hubierais visto temblar el verdugo lleno de miedo, como si fuera él quien estuviera condenado a muerte. Su mano tiembla. Palidece ante el horror que va a ejecutar, en tanto que la jovencita mira sin temor la llegada de su propia muerte. He aquí dos triunfos a un mismo tiempo para una misma niña: la pureza y el martirio".
Era de la noble familia romana Clodia. Nació cerca del año 290. Recibió muy buena educación cristiana y se consagró a Cristo con voto de virginidad.
Volviendo un día del colegio, la niña se encontró con el hijo del alcalde de Roma, el cual se enamoró de ella y le prometió grandes regalos a cambio de la promesa de matrimonio. Ella respondió: "He sido solicitada por otro Amante. Yo amo a Cristo. Seré la esposa de Aquel cuya Madre es Virgen; lo amaré y seguiré siendo casta".
El hijo recurre a su padre, el alcalde. Este la hace apresar. La amenazan con las llamas si no reniega de su religión pero no teme a las llamas. Entonces la condenan a morir degollada. Sus padres recogen el cadáver. La sepultan en el sepulcro paterno. Pocos días después su hermana Emerenciana cae martirizada a pedradas por estar rezando junto al sepulcro.
"Con mínimas fuerzas superó grandes peligros", dice san Dámaso en su epitafio.
Todos los historiadores coinciden en proclamarla mártir de la virginidad. Es patrona de las jóvenes que desean conservar la pureza. Cada año, el 21 de enero, día de Santa Inés, se bendicen los corderos con cuya lana se tejen los "palios", o sea el distintivo de los arzobispos.
En este tiempo de materialismo sea ella un modelo de castidad para la juventud.
La liturgia la presenta como modelo de los éxitos que logra alcanzar una persona cuando tiene una gran fe. La fe en Dios y en la eternidad lleva al heroísmo.

Oficio de lectura, 21 de enero. Santa Inés, Virgen y mártir

No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoriaDel tratado de san Ambrosio, obispo, sobre las vírgenes.
Libro 1, caps. 2. 5. 7-9

Celebramos hoy el nacimiento para el cielo de una virgen, imitemos su integridad; se trata también de una mártir, ofrezcamos el sacrificio. Es el día natalicio de santa Inés. Sabemos por tradición que murió mártir a los doce años de edad. Destaca en su martirio, por una parte, la crueldad que no se detuvo ni ante una edad tierna; por otra, la fortaleza que infunde la fe, capaz de dar testimonio en la persona de una jovencita.
¿Es que en aquel cuerpo tan pequeño cabía herida alguna? Y, con todo, aunque en ella no encontraba la espada donde descargar su golpe, fue ella capaz de vencer a la espada. Y eso que a esta edad las niñas no pueden soportar ni la severidad del rostro de sus padres, y si distraídamente se pinchan con una aguja, se poner a llorar como si se tratara de una herida.
Pero ella, impávida entre las sangrientas manos del verdugo, inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas, ofrece todo su cuerpo a la espada del enfurecido soldado, ignorante aún de lo que es la muerte, pero dispuesta a sufrirla; al ser arrastrada por la fuerza al altar idolátrico, entre las llamas tendía hacia Cristo sus manos, y así, en medio de la sacrílega hoguera, significaba con esta posición el estandarte triunfal de la victoria del Señor; intentaban aherrojar su cuello y sus manos con grilletes de hierro, pero sus miembros resultaban demasiado pequeños para quedar encerrados en ellos.
¿Una nueva clase de martirio? No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria; la lucha se presentaba difícil, la corona fácil; lo que parecía imposible por su poca edad lo hizo posible su virtud consumada. Una recién casada no iría al tálamo nupcial con la alegría con que iba esta doncella al lugar del suplicio, con prisa y contenta de su suerte, adornada su cabeza no con rizos, sino con el mismo Cristo, coronada no de flores, sino de virtudes.
Todos lloraban, menos ella. Todos se admiraban de que, con tanta generosidad, entregara una vida de la que aún no había comenzado a gozar, como si ya la hubiese vivido plenamente. Todos se asombraban de que fuera ya testigo de Cristo una niña que, por su edad, no podía aún dar testimonio de sí misma. Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales.
El verdugo hizo lo posible para aterrorizarla, para atraerla con halagos, muchos desearon casarse con ella. Pero ella dijo:
«Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que no quiero».
Se detuvo, oró, doblegó la cerviz. Hubieras visto cómo temblaba el verdugo, como si él fuese el condenado; como temblaba su diestra al ir a dar el golpe, cómo palidecían los rostros al ver lo que le iba a suceder a la niña, mientras ella se mantenía serena. En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio.
Oración
Dios todopoderoso y eterno, que eliges a los débiles para confundir a los fuertes de este mundo, concédenos a cuantos celebramos el triunfo de tu mártir santa Inés imitar la firmeza de su fe. Por nuestro Señor Jesucristo.

Día de santa Ines y la bendición de Corderitos


Una de las más hermosas tradiciones de la Roma católica es, sin duda, la bendición de los corderos en la festividad de Santa Inés. Cada 21 de enero son presentados al Papa dos corderos criados por los monjes de la abadía trapense de Tre Fontane (en las afueras de la Urbe, lugar donde fue martirizado el apóstol San Pablo). A la Capilla de Urbano VIII del Palacio Apostólico son llevados los animalitos en sendas cestas aderezadas primorosamente con cintas y guirnaldas de flores. El Romano Pontífice pronuncia sobre ellos la bendición ritual en medio de una ceremonia breve, al cabo de la cual, los corderos son entregados a las monjas de Santa Cecilia. Son ellas las encargadas de tejer con la lana trasquilada a estos corderos benditos los palios que el Santo Padre consigna a los arzobispos metropolitanos el día de San Pedro y San Pablo como signo de comunión con Roma.

Todos estos detalles están llenos de simbolismo. Para empezar, consideremos la circunstancia de la bendición, que tiene lugar en relación con la festividad de Santa Inés, a la cual, por cierto, se suele representar con un cordero. Y es que el nombre de Inés en latín, Agnes, es una variante de “agnus”, que significa “cordero”. Este animal es considerado símbolo de pureza e inocencia por su aspecto y por su lana cándida. Y Santa Inés fue pura e inocente y pereció por seguir siéndolo.

Santa Inés, cordera de Cristo

Cuenta la tradición de su martirio que, siendo apenas una adolescente, el hijo del prefecto de Roma se enamoró de ella y la pidió en matrimonio, a lo que Inés respondió con una negativa por aspirar a un Esposo más excelente. El desaire hizo desencadenar la ira del pretendiente, el cual la acusó como cristiana a su padre. Éste hizo encerrarla en el Templo de las Vestales para volverla pagana en el lugar donde se custodiaba el fuego sagrado de la Ciudad. Como Inés perseveraba en su fe, fue llevada a un prostíbulo para corromperla, pero ninguno de sus frecuentadores osó tocarla salvo uno, que fue cegado por un ángel blanco. La joven virgen, compadecida del hombre, le obtuvo de Dios la devolución de la vista. Acusada entonces de magia, fue condenada a morir en la hoguera, siendo conducida al Circo Agonal o Estadio de Domiciano para la ejecución de la sentencia. Envuelta en llamas, éstas no le hacían daño, por lo cual se le dio muerte degollándola a la manera de los corderos. Mansamente, como ellos, entregó Inés su alma al Creador.

El fuego, como hemos visto, es elemento con una importante presencia en la historia de Santa Inés. De hecho, además de su significación latina, el nombre proviene del griego ‘αγνεία (ágnia), término que se refiere a lo que ha sido purificado por el fuego del sacrificio y probablemente está en relación con el culto hinduista del dios Agni (del sánscrito: fuego), cuya influencia en la religión romana se puede rastrear en el nombre de Júpiter (procedente de Diaus Pítar, el padre de Agni en la cosmogonía védica). Como sabemos por el historiador francés Fustel de Coulanges, la civilización antigua está basada en el culto familiar, que consiste primordialmente en el mantenimiento del fuego sagrado. Santa Inés puede así ser considerada como la víctima del Amor Divino, que la purifica con el fuego inextinguible del Espíritu Santo, infinitamente superior al fuego de las Vestales y al fuego natural, que no tienen poder sobre la joven virgen porque ella representa el nuevo culto que sobrepuja y substituye al antiguo.

Siguiendo con el simbolismo de la bendición de hoy, consideremos ahora su objeto: el cordero. Este animal aparece vinculado de manera especial a los sacrificios antiguos como víctima desde los comienzos mismos de la humanidad, como sugiere la referencia del Génesis al hablar de las ofrendas de Abel, que eran aceptas a Dios. También en los sacrificios de la antigua Alianza está presente. Abraham ofrece un carnero (ovis aries) al Señor en substitución de su hijo Isaac, prefiguración del sacrificio de Jesucristo, el Cordero inmaculado, ofrecido en substitución y para la redención de toda la humanidad. San Juan Bautista anuncia al Mesías como “el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. Dado que Jesucristo en su primera venida debía mostrarse bajo la humildad y sumisión para ir al sacrificio, convenía que fuese figurado por el cordero, animal manso y pacífico, símbolo de virtudes propiamente cristianas (“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”).


Pero hay otra significación del cordero. Aquí hemos de remitirnos al episodio evangélico de la triple confesión de Pedro después de la Resurrección de Cristo, contrapartida de su triple negación durante su Pasión. Como se sabe, el Señor le pregunta por tres veces: “Simón, hijo de Juan, me amas más que éstos?”, a lo que el interpelado contesta afirmativamente. A las dos primeras respuestas de Pedro, Jesús le dice: “Apacienta mis corderos” (Pasce agnos meos); a la tercera, en cambio: “Apacienta mis ovejas” (Pasce oves meas). San Ambrosio explica que, al investir a Pedro de la misión de apacentar en su Iglesia, el Señor le confió a los fieles (corderos) y a sus pastores (las ovejas, que son madres de los corderos), de modo que el Príncipe de los Apóstoles es, por así decirlo, no sólo el “pastor fidelium” sino también el “pastor pastorum”. Los demás pastores apacientan el rebaño en comunión con el pastor principal que es el Vicario de Cristo en la tierra. Esto es lo que pone de manifiesto la consigna de los palios hecha por el Papa a los arzobispos metropolitanos el día en que se conmemora el Primado de Pedro (29 de junio).

El palio es una insignia litúrgica de jurisdicción (ilustración) que consiste en una banda estrecha de lana blanca que, en el rito latino, circunda las espaldas y el pecho del arzobispo y de la cual caen dos tiras cortas, una por delante y otra por detrás. Está adornado con seis cruces de seda negra: una a la altura del pecho, otra al centro de la espalda, una en cada uno de los hombros, una al extremo de la tira de delante y otra al extremo de la tira de atrás. El simbolismo de estas cruces consiste en la oveja perdida, buscada, hallada y puesta sobre los hombros por el buen pastor. El estar tejido con la lana de los corderos bendecidos el día de Santa Inés alude a este simbolismo. El palio fue originalmente privativo del Romano Pontífice, que comenzó a concederlo como signo de comunión con él (para recalcar lo cual los palios que se consignan cada vez son puestos previamente junto a la Confesión de San Pedro). Benedicto XVI usó al principio de su pontificado un palio inspirado en el del rito griego (el omophorion), pero acabó por adoptar el palio tradicional latino, con la diferencia que las cruces de las que está adornado son de seda roja en lugar de seda negra para indicar el primado (como se sabe, el rojo es el color propio del Papa).


Consigna del palio por el Papa el 29 de junio

Como colofón de estas líneas consignaremos unos datos interesantes sobre el culto a Santa Inés en Roma. Su martirio es narrado en la Depositio Sanctorum del año 354 y en los Epigrammata del papa San Dámaso (que gobernó la Iglesia entre 366 y 384). Fue Constantina, hija de Constantino el Grande, quien mandó erigir hacia 340 un mausoleo cerca del lugar donde la familia de Inés conmemoraba el aniversario de su muerte, en la vía Nomentana. A mitad del siglo VII, el papa Honorio I hizo edificar la basílica actual, que se conoce con el nombre de Sant’Agnese fuori le Mura (Santa Inés Extramuros). Fue en ella donde un joven patricio romano llamado Eugenio Pacelli recibió la primera inspiración de la vocación sacerdotal, convirtiéndose con el tiempo en el papa Pío XII (foto más arriba), hoy venerable y camino de los altares.

El otro santuario romano vinculado a la memoria de Santa Inés es el que se yergue soberbiamente en el lugar de su martirio: el Circo Agonal, actual Plaza Navona, donde se le rendía culto ya en el siglo VIII. La iglesia de Sant’Agnese in Agone (Santa Inés en el Agonal) fue mandada construir por el papa Inocencio X, propietario del predio. El proyecto fue comenzado por Girolamo Rainaldi, proseguido por Francesco Borromini y terminado por Carlo Rainaldi, hijo del primero, en 1672. Constituye uno de los más bellos ejemplos del barroco romano. En ella se conservan dos bellísimas estatuas (la Santa Inés en las llamas de Ferrata y el San Sebastián de C

ampi). Hoy sigue siendo propiedad de la familia papal de los Doria-Pamphilij (parientes de Inocencio X).

Un dato conmovedor que complementa la historia de Santa Inés es el del martirio de Santa Emerenciana, su hermana de leche y mejor amiga, que, orando ante sus despojos, increpó a los romanos por haberle dado muerte, recibiéndola a su vez de los mismos verdugos. Ejemplo conmovedor de santa amistad y fidelidad hasta la muerte, inmortalizado por la Iglesia en su liturgia al conmemorar la fiesta de Santa Emerenciana el 23 de enero (la ilustración representa el estudio de Ercole Ferrata para el relieve de altar que representa el martirio de Santa Emerenciana).
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