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Santoral del 3 de Noviembre

SAN HUBERTO, Obispo y ConfesorINDICE

San Martín de Porres
Gwenfrewi o Winfred de Gales, Santa-Virgen y Mártir,
Huberto (Humberto) de Mastrique-Tongeren, Santo-Obispo
Manuel Lozano Garrido (Lolo), Beato-Laico
Lorenzo Moreno Nicolás, Beato-Sacerdote y Mártir,
San Ermengol de Urgel, obispo
Beato Simón Balachi, religioso
San Pirmino, abad y obispo
Santa Silvia, madre de familia
Santos Valentín e Hilario, mártires
San Libertino de Agrigento, obispo y mártir
San Juanicio, monje
San Pedro Francisco Nerón, presbítero y mártir
Beata Alpaide, virgen
San Carlos Borromeo, obispo


SAN HUBERTO, Obispo y Confesor
Dichoso aquél que no se condena él mismo
en lo que aprueba.
(Romanos 14, 22)

n. hacia el año 656 en Maestricht, Holanda;
† 30 de mayo del año 727 en Fura (Brabant), Bélgica

Patrono de perros; trabajadores forestales; cazadores; mecánicos; matemáticos; trabajadores metalúrgicos; arqueros.
Protector contra la rabia y la hidrofobia.San Huberto, hijo de un duque de Aquitania y descendiente de Clodoveo, abandonó Eboín y fue a ofrecerse a Pipino de Heristal, duque de Austrasia. Hombre de mundo y gran cazador, un día vio una cruz luminosa entre los cuernos de un ciervo, en la floresta de Ardennes, y al mismo tiempo una voz celestial lo instó a convertirse y a ir a encontrar a San Lamberto, obispo de Maestricht. Hízolo así. Quedó viudo y se hizo ermitaño, fue en peregrinación a Roma, y finalmente, sucedió a San Lamberto. Con ardor infatigable trabajó por destruir el vicio y los restos de idolatría hasta en las florestas. Murió en el año 727, a edad muy avanzada, después de cerca de 20 años de episcopado. Es invocado eficazmente contra la rabia.

MEDITACIÓN SOBRE LA BUENA Y LA MALA CONCIENCIA

I. No hay en este mundo placer comparable al que nos proporciona una buena conciencia. Si tienes esta dicha, ningún tormento es capaz de afligirte; si no la tienes, ninguna diversión puede verdaderamente regocijarte. Que se acuse al justo; que se lo maltrate: su conciencia le procurará más consuelo que el que podrían darle los aplausos del mundo entero.

II. No hay suplicio comparable al de la mala conciencia: es un acusador, un juez, un verdugo que persigue en todo lugar al culpable y que no perdona a nadie; la conciencia ataca a Herodes, a Nerón, a Teodorico, y los hace temblar en medio de sus guardias. Nada es capaz de apaciguarla: te perseguirá hasta el fin de tu vida, si no la descargas del peso que la agobia.

III. La mala conciencia continúa, después de esta vida, atormentando al pecador; lo sigue al juicio de Dios, lo acusa, lo confunde, desciende con él al infierno. Uno de los más grandes suplicios de los condenados es el gusano roedor que nunca muere. ¿Quieres evitarlo? Nada hagas en este mundo contra tu conciencia, escucha los reproches que te hace y sigue sus advertencias; nada podrá afligirte en este mundo ni en el otro. Nada más agradable, nada más seguro que una buena conciencia. Aunque el cuerpo sufra, aunque el mundo nos tiente, aunque el demonio nos espante, ella permanece tranquila.

El examen de conciencia.
Orad por los pecadores.

ORACIÓN

Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad de San Huberto, vuestro confesor pontífice, aumente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S.



Gwenfrewi o Winfred de Gales, Santa-Virgen y Mártir,
Por: P. Felipe Santos | Fuente: Catholic.net

Jesús dice: “Orad por vuestros enemigos y orad por los que os persiguen para poder ser llamados hijos de vuestro Padre que está en el cielo”.
El nombre de la patrona de Gales aparece también escrito en forma inglesa Winifred (Winifreda) o con otra forma Guineura.

Fue una virgen del siglo VII. La vida de los santos y santas se debe, fundamentalmente, no tanto a los prodigios cuanto a su culto tributado desde la más antigua era cristiana.
La vida de esta virgen galesa se escribió en el siglo XII.

¿Qué se sabe de ella?

Vivió en Holywell. Como tenía un tío santo, el suyo pasó a un segundo lugar.
Se cuenta que vivió – desde que era muy joven – asaltada por un hombre que intentaba seducirla del modo que fuera.
Cansado e irritado por no conseguir su objetivo de violarla, cuando iba un día a la iglesia, la siguió.

Esta la joven sumida en su intimidad con el Señor mediante la oración, se acercó y le dio muerte.
Del lugar en el que cayó su cabeza, nació una fuente.
Antes de morir, había sido monja entregada a Dios plenamente. Incluso, debido a sus cualidades y a su santidad, la eligieron abadesa de Holywell.

En la Edad Media se propagó su culto por muchos sitios, debido, en parte, a la salida de los galeses de una parte para otra.
Tanto Hoywell como Shrewsbury se han convertido en centros de peregrinación.
Enrique V mandó que esta peregrinación se hiciera a pie. Eduardo VI hizo lo mismo.
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Huberto (Humberto) de Mastrique-Tongeren, Santo-Obispo
Por: . | Fuente: Bibliotheca hagiographica latina

Nació probablemente en Tolosa del Languedoc, Francia , hacia el 656 o 658; murió el 30 de mayo de 727 o 728, en Tervuren, Bélgica. Es un santo católico, al que se invoca como protector contra la rabia y se le tiene por celestial patrono de los cazadores, matemáticos, ópticos y metalúrgicos. Su fiesta se celebra el día 3 de noviembre.

Huberto fue el hijo mayor de Bertrán. Como los nobles merovingios de su tiempo, Huberto practicaba asiduamente la caza. Se trasladó a Metz, donde se casó (682) con Floribana, hija de Dagoberto, Conde de Lovaina. Fue una elección matrimonial conveniente por la importancia de las dos familias. Su hijo Floriberto, como Huberto, llegaría a ser obispo de Lieja.

Huberto partió, luego de sentir el llamado del Señor, hacia Mastrique, donde Lamberto era obispo, y a partir de entonces actuó como su director espiritual. Huberto renunció a su rango y derechos de primogenitura en el Ducado de Aquitania en favor de su hermano Eudo, que fue nombrado tutor de Floriberto, el hijo de Huberto y Floribana. Distribuyó a los pobres su riqueza y estudió órdenes sagradas, para ser consagrado presbítero, asistiendo en la administración de la diócesis de Mastrique-Tongeren a San Lamberto. Siguiendo su consejo, partió en romería hasta Roma el año 708, durante su ausencia fue asesinado su obispo y mentor. La hagiografía de Huberto indica que este asesinato fue revelado al Papa con la indicación de designar a Huberto, sucesor de San Lamberto en la diócesis de Mastrique-Tongeren, como así sucedió.

Como obispo, trasladó la sede de Mastrique a Lieja, enterró a su predecesor en una basílica construida para honrar su memoria en el lugar mismo del asesinato y sentó las bases para hacer de Lieja una gran ciudad. Ësta tiene hoy a San Lamberto como su santo patrón y a San Huberto es contado como su primer obispo. El obispo Huberto destacó por su sencillez y austeridad, por intensidad de sus oraciones y ayunos y su famosa elocuencia. Evangelizó el área de la Ardenas.

Huberto muró en Tervuren, Brabante en 727 o 728 y fue enterrado en Lieja. Sus restos fueron luego exhumados el año 825 y trasladados a la abadía benedictina de Andain, situada en la población que actualmente se llama San Huberto. En los siguientes años hasta el Siglo XVI, en que desaparecieron los restos, su sepulcro fue muy visitado y centro de peregrinación.

El nombre y la protección de San Huberto se tomó por algunas Órdenes Militares en el Sglo XV. Felipe IV de España, rey cazador, tenía a San Huberto como protector.

En algunos sitios se lo festeja el 13 de Marzo
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Manuel Lozano Garrido (Lolo), Beato-Laico
Por: . | Fuente: Archidiócesis de Madrid
Martirologio Romano
: En Linares (España), Beaato Manuel Lozano Garrido, laico.(† 1971)

Fecha de beatificación: 12 de junio de 2010 durante el pontificado de S.S. Benedicto XVI.

Nació en Linares (Jaén) el 9 de agosto de 1920. En el año 1931 inició sus estudios de Bachillerato e ingresó como socio Junior en el recién creado centro de Jóvenes de Acción Católica. Aquellos años fueron para Lolo algo así como una prolongada vigilia, en la que los tres pilares “piedad, estudio y acción” fueron las armas que le prepararon para la gran prueba. En el Centro de Juventud fe Acción Católica fue incluido en un grupo de futuros dirigentes.

Era consciente del riesgo que suponían en los tiempos azarosos de la guerra civil sus actividades, en especial la distribución de la Eucaristía a los enfermos. El 13 de febrero de 1938 fue encarcelado durante tres meses. Ya antes de terminar la guerra aparecen los síntomas de una enfermedad reumática que le iría impidiendo progresivamente los movimientos.

Tras acabar la guerra retoma sus estudios y su actividad apostólica. En 1939 fue nombrado vicesecretario general de su Centro de Juventud de Acción Católica.

Comienza a colaborar en unas emisiones de radio. El avance lento pero progresivo de su enfermedad no le impidió ejercer una intensa actividad intelectual y literaria: dirigió la revista “cruzada, publicó varios libros (El primero “El sillón de ruedas” en 1961) y artículos.

Era consciente de que su misión era dar testimonio de que sus dolores y sufrimientos podían ser soportables. Escribió sobre su amor a la Virgen, sobre la oración y la Eucaristía. Vivió con gozo la convocatoria del Concilio Vaticano II.

El 3 de noviembre de 1971 entregó su alma a Dios.
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Lorenzo Moreno Nicolás, Beato-Sacerdote y Mártir,
Por: . | Fuente: www.bisbatlleida.org
Martirologio Romano: En diversos lugares de la diócesis de Lleida (Lérida), España, Beatos Mariano Alcalá Pérez y 18 compañeros de la Orden de la Bienaventurada Virgen de las Mercedes, asesinados por odio a la fe. († 1936-37)

Fecha de beatificación: 13 de octubre de 2013, durante el pontificado de S.S. Francisco.

Nació en Lorca, Murcia, el 24 de mayo de 1899, de Hilario y Teresa. El 28 inmediato fue bautizado con los nombres de Lorenzo, Manuel, Ángel y Torcuato del Sagrado Corazón de Jesús.

Era un niño angelical, de carácter suave, humildísimo. Y muy caritativo, no pudiendo sufrir que algún pobre se fuera de su casa sin algo. El dinero que le regalaban lo destinaba a la adquisición de imagencitas, convirtiendo su habitación en pequeña capilla; en la que, por las tardes, convocaba, a toque de campanilla, a sus familiares y las bordadoras del taller de una tía para rezar el rosario y algunas devociones; si alguna bordadora se abstenía, la corregía con gran celo. Organizaba procesiones domésticas. Se pasaba las horas muertas en las iglesias, sobre todo en su parroquia del Carmen. Decía y repetía que ansiaba ser religioso.

A los doce años, igualmente bueno y angelical, por consejo del maestro, tuvo que dejar la escuela para ayudar a su madre viuda, primero de aprendiz en un comercio, luego en la estación del ferrocarril; de todos era querido, a pesar de que frecuentemente llegara tarde al trabajo, pues cuando entraba en una iglesia, no encontraba el momento de salir. Sobre todo en las Semanas santas, no podíamos arrancarlo de la iglesia, dirá su cuñada Carmen. El cielo le deparó la suerte de ingresar de sacristán en las Mercedarias de Lorca; tenía encantadas a las monjas, pero viendo su clara vocación, la hermana Pilar le preparó el ingreso en la Orden. Ya era un hombre maduro, tan delicado que no toleraba frivolidades y niñerías. Un hermano suyo le regaló cincuenta pesetas para que fuera a los toros, mas él se compró una imagen, se lo tomó a mal el donante y, cogiendo la imagen, hizo ademán de estrellarla; el bueno de Lorenzo cayó desmayado, y al recobrar el sentido se puso a gritar: ¡Mi virgen, mi virgen! Jamás había ocasionado el menor disgusto a su madre, se le acomodaba en todo y se conformaba con muy poco en su vestir y comer.

El mismo día que recibió la admisión, el 15 de octubre de 1917, dejaba Lorca para viajar a Poyo, Pontevedra. Las amistades le proveyeron de ropas y viático; su madre, aunque resignada desde antiguo a su vocación, a última hora, llorando le pidió que no se fuera, mas él replicó: que Dios lo llamaba y no podía dejar de seguirle. En Poyo vistió el hábito el 31 de agosto de 1919 de manos del padre Enrique Saco y emitió los votos el 23 de septiembre de 1920. Cursó con notas muy dispares tres años de latín y dos de filosofía. Y en 1923 fue destinado a la viceprovincia de Valencia, recién restaurada.

Su recuerdo en Poyo quedó inolvidable. Como bien lo reviviría el padre Gumersindo Placer, que lo vio llegar joven, guapo, vistiendo galanamente una rica capa española y cubierto con sombrero flexible. Se mostró único por la tenacidad ante las dificultades, por su mimo en cuidar y adornar la capilla del postulantado, por su contagioso fervor ma­riano, por su conversación viva, por su carácter excelente, severo consigo y bondadoso para los demás. Era poeta, un poeta fácil, íntimo, de expre­siones cordiales en que vaciaba sus más profundos sentimientos. Tenía a punto su inspiración para las fiestas, las onomásticas. Gustaba de describir las semanas santas murcianas y lorquinas. Gozaba con las lecturas espirituales, las historias de la Orden. Cuando partió para la vicaría de Valencia, hubo duelo y pesar en el estudiantado de Poyo, dejando una estela de cariño que no se borró con los años. Supo vivir días llenos, mientras los demás nos mirábamos en él. Sufría por el estado en que dejó a su madre y, con deseo de consolarla, le escribió una carta con sangre de sus venas expresándole lo feliz que era en la vida religiosa.

En El Puig hizo la profesión solemne, sin saberse la fecha. En Orihuela fue ordenado presbítero el 18 de diciembre de 1926 por el obispo Francisco Javier Irastorza. Residió en el Colegio del Puig, encargado de los internos, muy querido por ellos pues jugaba con ellos y se comportaba sencilla y suavemente, sin perder nunca la calma. Pasó cinco años en el reformatorio de Menores de Godella, teniendo con los muchachos una gran empatía como buen pedagogo, amigo, sencillo, amado, respetado más por su bondad que por su autoridad. Se mantuvo siempre dócil, muy espiritual, mariano, humilde, casto, amable, paciente, bondadoso, sin maldad. Un místico en su compostura y recogimiento. Mas muy normal, pues en el convento era querido por todos, dirá su hermano José.

La República sacó a los Mercedarios del reformatorio de Godella, sin valorar el trabajo de rehabilitación de los delincuentes menores. Y fue enviado a Mallorca, llegando el 2 de mayo de 1931. El 29 de ese mismo julio se hizo examen, control conventual, de derecho, dogma y moral. El 9 de agosto salió para Barcelona. Mas el 21 de febrero de 1934 tornó, proveniente de Barcelona, predicaría los sermones del jueves santo y de la Soledad y cantaría el Exultet, el 8 de julio iba para Lorca. El 6 de marzo de 1935 fue a pasar tres meses con su madre, en Lorca, el padre Lorenzo Moreno. El 20 de mayo de 1936 el obispo de Cartagena Miguel de Santos prorrogaba para seis meses el permiso de residencia en la diócesis. Ayudaba como vicario primero en la parroquia de San Patricio y capellán del hospital y de las Hermanas de la Caridad, distinguiéndose, decía su párroco por su puntualidad, celo y fervor. Pero su anhelo era regresar al claustro. Le gustaba predicar, y los treinta y ocho sermones conservados, nos dicen de su estilo excesivamente florido y fuertemente afectivo, más adecuados a fomentar la moción de los corazones, que a prestar razones a la mente.

Carmelo Navarro nos recogió los recuerdos de aquellos días. Cómo se reunían cuatro amigos en una farmacia y se edificaban con la palabra del padre Lorenzo, sobre todo de su Orden, cuyo convento añoraba entrañablemente, y la Virgen de la Merced, a la que manifestaba un afecto tierno. Repugnaba hablar de política, y no quería decir si había votado, pues no quería que la gente dijese que los frailes interveníamos en política, que Dios sabía muy bien lo que convenía. Navarro agrega que enemigos personales no podía tener, pues era toda bondad y dulzura, sólo se le podía acusar de ser sacerdote.

Estallando el 18 de julio, se ocultó entre la familia sin perder la serenidad y celebrando en privado la Eucaristía. Los rojos lo tenían localizado, pero por el momento no lo molestaban. Se atrevió a visitar a un mandamás, antiguo amigo, que no lo recibió bien, y le espetó: -lo que tienes que hacer es asociarte al partido y ponerte a trabajar aunque sea en las calles. -Trabajar no me importa –dijo el Fraile- pero asociarme jamás lo haré, porque está el comunismo prohibido por la Iglesia.

Se apercibió que era cuestión de días, pero no se escondió aunque se lo propusiera la familia. Con gran resignación y paciencia, como los mártires, dirá su hermana Antonia. Su estado de ánimo era tal que hacía todo por Dios y vivía sólo para Dios, no se le notó jamás debilidad ni miedo de morir, se dejó llevar como un manso cordero sin ofrecer resistencia añadirá su sobrino Hilario. Sí lamentaba los trastornos que ocasionaba a la familia. Rezaba el breviario y, con los suyos, el rosario. El sacerdote Emilio García asegura que al principio de la revolución tenía gran valor, después viendo que no lo martirizaban se achicó, mas llegada la hora, recuperó un valor extraordinario; asegura que no había honor más grande que el de ser mártir. Una señora, rica y buena, por mediación de Jacinto Monteverde le ofreció su casa en el campo como escondite, lo consultó con la familia, y decidió no aceptar para no dar motivo de habladurías estando solo en casa con una señora. Aquella misma noche, del 3 al 4 de noviembre de 1936, se presentaron en la casa materna cuatro hombres, acababa de acostarse cuando oyó aporrear la puerta de la casa y abrirla violentamente. Los milicianos vienen por ti, hijo de mi corazón, dijo la madre. Presionado por los suyos tenía ya el pie en una ventana para huir, pero se contuvo y se entregó. Empezaron los interrogatorios: -Por qué no te has escondido, le dijeron. –Porque no creo haber cometido ningún delito y porque acordaron los del comité no meterse conmigo, replicó él. Al verlo marchar, su madre se desmayó, quiso volver él, pero no le dejaron. Lo llevaron a pie hasta el cuartel de los milicianos, donde le preguntaron por la custodia de San Mateo, dijo no saber nada y lo soltaron.

Regresaba a su casa, al volver una esquina cayeron sobre él, lo detuvieron. El cabecilla Avelino Navarro le ordenó subir a un automóvil, como a manso cordero, lo llevaron Avelino, Jesús Chuecos (alias El Rondín), José Ayala (El Che) y Miguel Cánovas (El Tempranillo). Partieron hacia la carretera de Caravaca. Llegados al llamado Coto minero, le hicieron bajar, y, para hacerle blasfemar, con ferocidad, le cortaron las orejas, lo acuchillaron, le arrancaron trozos de carne, le machacaron el cerebro a culetazos, le hicieron sentar en el brocal del pozo y realizaron varias descargas de fusil y de pistola sobre él, y, aún vivo, lo arrojaron en el pozo de azufre, siguieron disparando y, cuando se fueron seguían oyéndose los lamentos del ejecutado. Su última palabra fue: ¡viva Cristo rey! Era la noche del 3 al 4 de noviembre. Antes de la masacre había bendecido y perdonado a sus carniceros, contará el chofer, que pondera su serenidad. Hilario anduvo investigando, sin conseguir información pero al día siguiente los rumores le llevaron al Coto minero, allí encontró huellas de asesinato, su boina, acribillada por los disparos, con parte de la masa encefálica y el breviario ensangrentado, que no pensó en recoger.

En aquel mismo lugar fueron asesinados otros cinco hermanos de La Salle y el párroco de San Jaime. Luego de la Guerra se hizo todo lo posible para encontrar los restos de los cinco mártires, pero no se consiguió porque el pozo estaba inundado de agua y de gas.

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Martín de Porres, Santo-Religioso dominico,
Por: . | Fuente: Archidiócesis de Madrid

El racismo, esa distinción que hacemos los hombres distinguiendo a nuestros semejantes por el color de la piel es algo tan sinsentido como distinguirlos por la estatura o por el volumen de la masa muscular. Y lo peor no es la distinción que está ahí sino que ésta lleve consigo una minusvaloración de las personas -necesariamente distintas- para el desempeño de oficios, trabajos, remuneraciones y estima en la sociedad. Un mulato hizo mayor bien que todos los blancos juntos a la sociedad limeña de la primera mitad del siglo XVII.

Fue hijo bastardo del ilustre hidalgo -hábito de Alcántara- don Juan de Porres, que estuvo breve tiempo en la ciudad de Lima. Bien se aprecia que los españoles allá no hicieron muchos feos a la población autóctona y confiemos que el Buen Dios haga rebaja al juzgar algunos aspectos morales cuando llegue el día del juicio, aunque en este caso sólo sea por haber sacado del mal mucho bien. Tuvo don Juan dos hijos, Martín y Juana, con la mulata Ana Vázquez. Martín nació mulato y con cuerpo de atleta el 9 de diciembre de 1579 y lo bautizaron, en la parroquia de San Sebastián, en la misma pila que Rosa de Lima.

La madre lo educó como pudo, más bien con estrecheces, porque los importantes trabajos de su padre le impedían atenderlo como debía. De hecho, reconoció a sus hijos sólo tardíamente; los llevó a Guayaquil, dejando a su madre acomodada en Lima, con buena familia, y les puso maestro particular.

Martín regresó a Lima, cuando a su padre lo nombraron gobernador de Panamá. Comenzó a familiarizarse con el bien retribuido oficio de barbero, que en aquella época era bastante más que sacar dientes, extraer muelas o hacer sangrías; también comprendía el oficio disponer de yerbas para hacer emplastos y poder curar dolores y neuralgias; además, era preciso un determinado uso del bisturí para abrir hinchazones y tumores. Martín supo hacerse un experto por pasar como ayudante de un excelente médico español. De ello comenzó a vivir y su trabajo le permitió ayudar de modo eficaz a los pobres que no podían pagarle. Por su barbería pasarán igual labriegos que soldados, irán a buscar alivio tanto caballeros como corregidores.

Pero lo que hace ejemplar a su vida no es sólo la repercusión social de un trabajo humanitario bien hecho. Más es el ejercicio heroico y continuado de la caridad que dimana del amor a Jesucristo, a Santa María. Como su persona y nombre imponía respeto, tuvo que intervenir en arreglos de matrimonios irregulares, en dirimir contiendas, fallar en pleitos y reconciliar familias. Con clarísimo criterio aconsejó en más de una ocasión al Virrey y al arzobispo en cuestiones delicadas.

Alguna vez, quienes espiaban sus costumbres por considerarlas extrañas, lo pudieron ver en éxtasis, elevado sobre el suelo, durante sus largas oraciones nocturnas ante el santo Cristo, despreciando la natural necesidad del sueño. Llamaba profundamente la atención su devoción permanente por la Eucaristía, donde está el verdadero Cristo, sin perdonarse la asistencia diaria a la Misa al rayar el alba.

Por el ejercicio de su trabajo y por su sensibilidad hacia la religión tuvo contacto con los monjes del convento dominico del Rosario donde pidió la admisión como donado, ocupando la ínfima escala entre los frailes. Allí vivían en extrema pobreza hasta el punto de tener que vender cuadros de algún valor artístico para sobrevivir. Pero a él no le asusta la pobreza, la ama. A pesar de tener en su celda un armario bien dotado de yerbas, vendas y el instrumental de su trabajo, sólo dispone de tablas y jergón como cama.

Llenó de pobres el convento, la casa de su hermana y el hospital. Todos le buscan porque les cura aplicando los remedios conocidos por su trabajo profesional; en otras ocasiones, se corren las voces de que la oración logró lo improbable y hay enfermos que consiguieron recuperar la salud sólo con el toque de su mano y de un modo instantáneo.

Revolvió la tranquila y ordenada vida de los buenos frailes, porque en alguna ocasión resolvió la necesidad de un pobre enfermo entrándolo en su misma celda y, al corregirlo alguno de los conventuales por motivos de clausura, se le ocurrió exponer en voz alta su pensamiento anteponiendo a la disciplina los motivos dimanantes de la caridad, porque "la caridad tiene siempre las puertas abiertas, y los enfermos no tienen clausura".

Pero entendió que no era prudente dejar las cosas a la improvisación de momento. La vista de golfos y desatendidos le come el alma por ver la figura del Maestro en cada uno de ellos. ¡Hay que hacer algo! Con la ayuda del arzobispo y del Virrey funda un Asilo donde poder atenderles, curarles y enseñarles la doctrina cristiana, como hizo con los indios dedicados a cultivar la tierra en Limatombo. También los dineros de don Mateo Pastor y Francisca Vélez sirvieron para abrir las Escuelas de Huérfanos de Santa Cruz, donde los niños recibían atención y conocían a Jesucristo.

No se sabe cómo, pero varias veces estuvo curando en distintos sitios y a diversos enfermos al mismo tiempo, con una bilocación sobrenatural.
El contemplativo Porres recibía disciplinas hasta derramar sangre haciéndose azotar por el indio inca por sus muchos pecados. Como otro pobre de Asís, se mostró también amigo de perros cojos abandonados que curaba, de mulos dispuestos para el matadero y hasta lo vieron reñir a los ratones que se comían los lienzos de la sacristía. Se ve que no puso límite en la creación al ejercicio de la caridad y la transportó al orden cósmico.

Murió el día previsto para su muerte que había conocido con anticipación. Fue el 3 de noviembre de 1639 y causada por una simple fiebre; pidiendo perdón a los religiosos reunidos por sus malos ejemplos, se marchó. El Virrey, Conde de Chinchón, Feliciano de la Vega -arzobispo- y más personajes limeños se mezclaron con los incontables mulatos y con los indios pobres que recortaban tantos trozos de su hábito que hubo de cambiarse varias veces.

Lo canonizó en papa Juan XXIII en 1962.
Desde luego, está claro que la santidad no entiende de colores de piel; sólo hace falta querer sin límite.

¿Qué nos enseña su vida?

La vida de San Martín nos enseña:
A servir a los demás, a los necesitados. San Martín no se cansó de atender a los pobres y enfermos y lo hacía prontamente. Demos un buen servicio a los que nos rodean, en el momento que lo necesitan. Hagamos ese servicio por amor a Dios y viendo a Dios en las demás personas.

A ser humildes. San Martín fue una persona que vivió esta virtud. Siempre se preocupó por los demás antes que por él mismo. Veía las necesidades de los demás y no las propias. Se ponía en el último lugar.
A llevar una vida de oración profunda. La oración debe ser el cimiento de nuestra vida. Para poder servir a los demás y ser humildes, necesitamos de la oración. Debemos tener una relación intima con Dios

A ser sencillos. San Martín vivió la virtud de la sencillez. Vivió la vida de cara a Dios, sin complicaciones. Vivamos la vida con espíritu sencillo.
A tratar con amabilidad a los que nos rodean. Los detalles y el trato amable y cariñoso es muy importante en nuestra vida. Los demás se lo merecen por ser hijos amados por Dios.

A alcanzar la santidad en nuestra vidas. Por alcanzar esta santidad, luchemos...
A llevar una vida de penitencia por amor a Dios. Ofrezcamos sacrificios a Dios.

San Martín de Porres se distinguió por su humildad y espíritu de servicio, valores que en nuestra sociedad actual no se les considera importantes. Se les da mayor importancia a valores de tipo material que no alcanzan en el hombre la felicidad y paz de espíritu. La humildad y el espíritu de servicio producen en el hombre paz y felicidad.

Oración
Virgen María y San Martín de Porres, ayúdenme este día a ser más servicial con las personas que me rodean y así crecer en la verdadera santidad.
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San Ermengol de Urgel, obispo
fecha: 3 de noviembre
†: 1035 - país: España
otras formas del nombre: Hermengaudio, Armengol
canonización: pre-congregación
hagiografía: Diócesis de Urgell
En Urgel, en la región hispánica de Cataluña, san Ermengol, obispo, uno de los preclaros pastores que se cuidaron de restablecer la Iglesia en las tierras rescatadas del yugo de los sarracenos. Construyó un puente poniendo los materiales y su mano de obra, pero, resbalándose de lo alto, murió entre las piedras por fractura del cráneo.

Hijo de los Vizcondes Bernardo y Guisla del Conflent. Nació probablemente en Aiguatèbia, residencia de la familia Vizcondal. Era sobrino del Obispo Sal-la, del cual fue auxiliar y, después, sucesor en el gobierno de la Sede Urgelitana, en el año 1010.

Instituyó la canónica (1010) y la hizo aprobar por los otros prelados de la provincia eclesiástica de Narbona y por el Papa Sergio IV (1009-1012). Comenzó la nueva catedral, consagrada en el año 1040 por su sucesor Eribau. Hizo edificar también la iglesia de San Miguel, cerca de la sede episcopal. Consagró la iglesia de San Julián de Coaner (1024) y la del monasterio de San Pedro de la Portella (1035), donde fundó una cofradía. Desplegó una gran actividad de carácter social, encaminada a mejorar las condiciones de vida de los pueblos y las vías de comunicación.

Planeó, dirigió y ejecutó personalmente la liberación de Guissona del dominio sarraceno, antes del 1023, y obtuvo del Papa Benedicto VIII (1012) una bula, donde estaban confirmadas las pertenencias y los límites territoriales del obispado, entre los cuales se incluia el pagus de Ribagorça. Esto explica su intervención destacada en la elección y consagración del obispo Borrell de Roda, en el 1017, y la promesa de fidelidad que éste le prestó como su superior jerárquico en aquella ocasión.

Parece que la señoría que tuvieron los obispos sobre la ciudad de la Seu de Urgell comenzó con este pontificado. Habría que buscar el origen de esto en una donación que le hizo el conde Ramón Borrell de Barcelona-Urgell, durante la minoría de edad de Ermengol II, en ocasión de la fundación de la canónica (1010), donación ésta que fue aprobada posteriormente por la bula de Benedicto VIII (1012).

Su muerte fue causada por una caída en la construcción del puente de Bar (1035), importante para las comunicaciones entre el Urgellet y la Cerdaña, «dum propriis operaretur manibus» (mientras trabajaba con sus propias manos), dice un antiguo breviario de Urgell. Nueve años después era ya venerado como santo. La diócesis de Urgell, de la cual es patrón desde tiempos antiguos y, canónicamente, desde 1867, celebra su fiesta el 3 de noviembre.

Del Episcopologio de la Seu de Urgell. En obtubre de 2010 se presentó la obra «Sant Ermengol, bisbe d'Urgell (1010-1035). Història, art, culte i devocions», pronmovida por el propio obispado, a cura del archivista Mn. Benigne Marquès, en el contexto del «Año Ermengol», celebrado en la diócesis entre el 3 de noviembre de 2010 y el mismo día del 2011.

fuente: Diócesis de Urgell
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Beato Simón Balachi, religioso
fecha: 3 de noviembre
n.: c. 1250 - †: 1319 - país: Italia
canonización: Conf. Culto: Pío VII 1821
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Rímini, de la provincia de Flaminia, beato Simón Balachi, religioso de la Orden de Predicadores, que entregó toda su vida al servicio de los hermanos, dedicado a la penitencia y a la oración.


Simón Ballachi entró a servir a Dios como hermano lego en el convento de los dominicos de Rímini, su ciudad natal, a los veintiséis años de edad. Como si la humildad de su estado no bastase, Simón se mortificaba aún más al ofrecerse para ejecutar los trabajos más bajos y al disciplinarse con una cadena de hierro. Ofrecía todos sus sufrimientos por la conversión de los pecadores. Se dice que el demonio se le aparecía y le hacía sufrir mucho.

Simón estaba encargado del huerto. Tenía predilección por las almas infantiles y solía recorrer las calles con una cruz en la mano, para llamar a los niños al catecismo. A los cincuenta y siete años quedó ciego y así vivió doce más. En los últimos años tuvo que guardar cama. Soportó esas pruebas con valor y alegría. Dios le premió con el don de milagros, y el pueblo le veneró como santo en cuanto murió. Su culto fue confirmado en 1821.

Véase Acta Sanctorum, nov., vol. II, donde hay un corto artículo basado en las escasas fuentes; y cf. Procter, Lives of Dominican Saints, pp. 306-309.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
INDICE



San Carlos Borromeo, obispo
fecha: 3 de noviembre
n.: 1538 - †: 1584 - país: Italia
canonización: B: Clemente VIII 1602 - C: Pablo V 1610
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Milán, de la Lombardía, muerte de san Carlos Borromeo, obispo, cuya memoria se celebra mañana.
patronazgo: patrono de los pastores, catequistas, catecúmenos y seminaristas; protector contra la peste.
refieren a este santo: San Alejandro Sauli, San Andrés Avellino, San Francisco de Borja, San Pío V
oración:
Conserva, Señor, en tu pueblo el espíritu que infundiste en san Carlos Borromeo, para que tu Iglesia se renueve sin cesar y, transformada en imagen de Cristo, pueda presentar ante el mundo el verdadero rostro de tu Hijo. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

Entre los grandes hombres de la Iglesia que, en los días turbulentos del siglo XVI, lucharon por llevar a cabo la verdadera reforma que tanto necesitaba la Iglesia y trataron de suprimir, mediante la corrección de los abusos y malas costumbres, los pretextos que aprovechaban en toda Europa los promotores de la falsa reforma, ninguno fue, ciertamente, más grande ni más santo que el cardenal Carlos Borromeo. Junto con san Pío V, san Felipe Neri y san Ignacio de Loyola, es una de las cuatro figuras más grandes de la contrarreforma. Era un noble de alta alcurnia. Su padre, el conde Gilberto Borromeo, se distinguió por su talento y sus virtudes. Su madre, Margarita, pertenecía a la noble rama milanesa de los Médicis. Un hermano menor de su madre llegó a ceñir la tiara pontificia con el nombre de Pío IV. Carlos era el segundo de los dos varones entre los seis hijos de una familia. Nació en el castillo de Arona, junto al lago Maggiore, el 2 de octubre de 1538. Desde los primeros años, dio muestras de gran seriedad y devoción. A los doce años, recibió la tonsura, y su tío, Julio César Borromeo, le cedió la rica abadía benedictina de San Gracián y San Felino, en Arona, que desde tiempo atrás estaba en manos de la familia. Se dice que Carlos, aunque era tan joven, recordó a su padre que las rentas de ese beneficio pertenecían a los pobres y no podían ser aplicadas a gastos seculares, excepto lo que se emplease en educarle para llegar a ser, un día, digno ministro de la Iglesia. Después de estudiar el latín en Milán, el joven se trasladó a la Universidad de Pavía, donde estudió bajo la dirección de Francisco Alciati, quien más tarde sería promovido al cardenalato a petición del santo. Carlos tenía cierta dificultad de palabra y su inteligencia no era deslumbrante, de suerte que sus maestros le consideraban como un poco lento; sin embargo, el joven hizo grandes progresos en sus estudios. La dignidad y seriedad de su conducta hicieron de él un modelo de los jóvenes universitarios, que tenían la reputación de ser muy dados a los vicios. El conde Gilberto sólo daba a su hijo una parte mínima de las rentas de su abadía y, por las cartas de Carlos, vemos que atravesaba frecuentemente por períodos de verdadera penuria, pues su posición le obligaba a llevar un tren de vida de cierto lujo. A los veintidós años, cuando sus padres ya habían muerto, obtuvo el grado de doctor. En seguida retornó a Milán, donde recibió la noticia de que su tío, el cardenal de Médicis, había sido elegido Papa en el cónclave de 1559, a raíz de la muerte de Pablo IV.

A principios de 1560, el nuevo Papa hizo a su sobrino cardenal diácono y, el 8 de febrero siguiente, le nombró administrador de la sede vacante de Milán, pero, en vez de dejarle partir, le retuvo en Roma y le confió numerosos cargos. En efecto, Carlos fue nombrado, en rápida sucesión, legado de Bolonia, de la Romaña y de la Marca de Ancona, así como protector de Portugal, de los Países Bajos, de los cantones católicos de Suiza y además, de las órdenes de San Francisco, del Carmelo, de los Caballeros de Malta y otras más. Lo extraordinario es que todos esos honores y responsabilidades recaían sobre un joven que no había cumplido aún veintitrés años y era simplemente clérigo de órdenes menores. Es increíble la cantidad de trabajo que san Carlos podía despachar sin apresurarse nunca, a base de una actividad regular y metódica. Además, encontraba todavía tiempo para dedicarse a los asuntos de su familia, para oír música y para hacer ejercicio. Era muy amante del saber y lo promovió mucho entre el clero, para lo que fundó en el Vaticano, con el objeto de instruir y deleitar a la corte pontificia, una academia literaria compuesta de clérigos y laicos, algunas de cuyas conferencias y trabajos fueron publicados entre las obras de san Carlos con el título de «Noctes Vaticanae». Por entonces, juzgó necesario atenerse a la costumbre renacentista que obligaba a los cardenales a tener un palacio magnífico, una servidumbre muy numerosa, a recibir constantemente a los personajes de importancia y a tener una mesa a la altura de las circunstancias: pero en su corazón estaba profundamente desprendido de todas esas cosas. Había logrado mortificar perfectamente sus sentidos y su actitud era humilde y paciente. Muchas almas se convierten a Dios en la adversidad; san Carlos tuvo el mérito de saber comprobar la vanidad de la abundancia al vivir en ella y, gracias a eso, su corazón se despegó cada vez más de las cosas terrenas. Había hecho todo lo posible por proveer al gobierno de la diócesis de Milán y remediar los desórdenes que había en ella; en este sentido, el mandato del papa de que se quedase en Roma le dificultó la tarea. El beato Bartolomé de los Mártires, arzobispo de Braga, fue por entonces a la Ciudad Eterna y san Carlos aprovechó la oportunidad para abrir su corazón a ese fiel siervo de Dios, a quien indicó: «Ya veis la posición que ocupo. Ya sabéis lo que significa ser sobrino, y sobrino predilecto, de un papa, y no ignoráis lo que es vivir en la corte romana. Los peligros son inmensos. ¿Qué puedo hacer yo, joven inexperto? Mi mayor penitencia es el fervor que Dios me ha dado y, con frecuencia, pienso en retirarme a un monasterio a vivir como si sólo Dios y yo existiésemos». El arzobispo disipó las dudas del cardenal, asegurándole que no debía soltar el arado que Dios le había puesto en las manos para el servicio de la Iglesia, sino que debía, más bien, tratar de gobernar personalmente su diócesis en cuanto se le ofreciese oportunidad. Cuando san Carlos se enteró de que Bartolomé de los Mártires había ido a Roma precisamente con el objeto de renunciar a su arquidiócesis, le pidió explicaciones sobre el consejo que le había dado, y el arzobispo hubo de usar de todo su tacto en tal circunstancia.

Pío IV había anunciado poco después de su elección que tenía la intención de volver a reunir el Concilio de Trento, suspendido en 1552. San Carlos empleó toda su influencia y su energía para que el Pontífice llevase a cabo su proyecto, a pesar de que las circunstancias políticas y eclesiásticas eran muy adversas. Los esfuerzos del cardenal tuvieron éxito, y el Concilio volvió a reunirse en enero de 1562. Durante los dos años que duró la sesión, el santo tuvo que trabajar con la misma diplomacia y vigilancia que había empleado para conseguir que se reuniese. Varias veces estuvo a punto de disolverse la asamblea, dejando la obra incompleta, pero, con su gran habilidad y con el constante apoyo que prestó a los legados del Papa, logró que la empresa siguiese adelante. Así pues, en las nueve reuniones generales y en las numerosísimas reuniones particulares se aprobaron muchos de los decretos dogmáticos y disciplinarios de mayor importancia. El éxito se debió a san Carlos más que a cualquier otro de los personajes que participaron en la asamblea, de suerte que puede decirse que él fue el director intelectual y el espíritu rector de la tercera y última sesión del Concilio de Trento. En el curso de las reuniones murió el conde Federico Borromeo, con lo cual san Carlos quedó como jefe de su noble familia y su posición se hizo más difícil que nunca. Muchos supusieron que iba a abandonar el estado clerical para casarse, pero el santo ni siquiera pensó en ello. Renunció a sus derechos en favor de su tío Julio y se ordenó sacerdote en 1563. Dos meses más tarde, recibió la consagración episcopal, aunque no se le permitió trasladarse a su diócesis. Además de todos sus cargos, se le confió la supervisión de la publicación del Catecismo del Concilio de Trento y la reforma de los libros litúrgicos y de la música sagrada; él fue quien encomendó a Palestrina la composición de la «Missa Papae Marcelli».

Milán, que había estado durante ochenta años sin obispo residente, se hallaba en un estado deplorable. El vicario de san Carlos había hecho todo lo posible por reformar la diócesis con la ayuda de algunos jesuitas, pero sin gran éxito. Finalmente, san Carlos consiguió permiso para reunir un concilio provincial y visitar su diócesis. Antes de que partiese, el Papa le nombró legado a latere para toda Italia. El pueblo de Milán le recibió con el mayor gozo y el santo predicó en la catedral sobre el texto «Con gran deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros». Diez obispos sufragáneos asistieron al sínodo, cuyas decisiones sobre la observancia de los decretos del Concilio de Trento, sobre la disciplina y la formación del clero, sobre la celebración de los divinos oficios, sobre la administración de los sacramentos, sobre la enseñanza dominical del catecismo y sobre muchos otros puntos, fueron tan atinados, que el Papa escribió a san Carlos para felicitarle. Cuando el santo se hallaba en el cumplimiento de su oficio como legado en Toscana, fue convocado a Roma para asistir a Pío IV en su lecho de muerte, donde también le asistió san Felipe Neri. El nuevo Papa, san Pío V, pidió a san Carlos que se quedase algún tiempo en Roma para desempeñar los oficios que su predecesor le había confiado, pero el santo aprovechó la primera oportunidad para rogar al Papa que le dejase partir y, supo hacerlo con tal tino, que Pío V le despidió con su bendición.

San Carlos llegó a Milán en abril de 1566 y, en seguida empezó a trabajar enérgicamente en la reforma de su diócesis. Su primer paso fue la organización de su propia casa. Puesto que consideraba el episcopado como un estado de perfección, se mostró sumamente severo consigo mismo. Sin embargo, supo siempre aplicar la discreción a la penitencia para no desperdiciar las fuerzas que necesitaba en el cumplimiento de su deber, de suerte que aun en las mayores fatigas conservaba toda su energía. Las rentas de que disfrutaba eran pingües, pero dedicaba la mayor parte a las obras de caridad y se oponía decididamente a la ostentación y al lujo. En cierta ocasión en que alguien ordenó que le calentasen el lecho, el santo dijo, sonriendo: «La mejor manera de no encontrar el lecho demasiado frío es ir a él más frío de lo que pueda estar». Francisco Panigarola, arzobispo de Asti, dijo en la oración fúnebre por san Carlos: «De sus rentas no empleaba para su propio uso más que lo absolutamente indispensable. En cierta ocasión en que le acompañé a una visita del valle de Mesolcina, que es un sitio muy frío, le encontré por la noche estudiando, vestido únicamente con una sotana vieja. Naturalmente le dije que, si no quería morir de frío, tenía que cubrirse mejor y él sonrió al responderme: `No tengo otra sotana. Durante el día estoy obligado a vestir la púrpura cardenalicia, pero ésta es la única sotana realmente mía y me sirve lo mismo en el verano que en el invierno'». Cuando san Carlos se estableció en Milán, vendió la vajilla de plata y otros objetos preciosos en 30.000 coronas, suma que consagró íntegramente a socorrer a las familias necesitadas. Su limosnero tenía orden de repartir entre los pobres 200 coronas mensuales, sin contar las limosnas extraordinarias, que eran muy numerosas. La generosidad de san Carlos dejó un recuerdo imperecedero. Por ejemplo, supo ayudar tan liberalmente al Colegio inglés de Douai, que el cardenal Allen solía llamar a san Carlos, fundador de la institución. Por otra parte, el santo organizó retiros para su clero. El mismo hacía los Ejercicios Espirituales dos veces al año y tenía por regla confesarse todos los días antes de celebrar la misa. Su confesor ordinario era el Dr. Crifiith Roberts, de la diócesis de Bangor, autor de la famosa gramática galesa. San Carlos nombró a otro galés (el Dr. Owen, quien más tarde llegó a ser obispo de Calabria) vicario general de su diócesis, y llevaba siempre consigo una pequeña imagen de san Juan Fisher. Tenía el mayor respeto por la liturgia, de suerte que jamás decía una oración ni administraba ningún sacramento apresuradamente, por grande que fuese su prisa o por larga que resultase la función.

Su espíritu de oración y su amor de Dios dejaban en los otros un gran gozo espiritual, le ganaban los corazones, e infundían en todos el deseo de perseverar en la virtud y de sufrir por ella. Tal fue el espíritu que san Carlos aplicó a la reforma de su diócesis, empezando por la organización de su propia casa. Su casa estaba compuesta de unas cien personas; la mayor parte eran clérigos, a los que el santo pagaba generosamente para evitar que recibiesen regalos de otros. En la diócesis se conocía mal la religión y se la comprendía aún menos; las prácticas religiosas estaban desfiguradas por la superstición y profanadas por los abusos. Los sacramentos habían caído en el abandono, porque muchos sacerdotes apenas sabían cómo administrarlos y eran indolentes, ignorantes y de mala vida. Los monasterios se hallaban en el mayor desorden. Por medio de concilios provinciales, sínodos diocesanos y múltiples instrucciones pastorales, san Carlos aplicó progresivamente las medidas necesarias para la reforma del clero y del pueblo. Aquellas medidas fueron tan sabias, que una gran cantidad de prelados las consideran todavía como un modelo y las estudian para aplicarlas. San Carlos fue uno de los hombres más eminentes en teología pastoral que Dios enviara a su Iglesia para remediar los desórdenes producidos por la decadencia espiritual de la Edad Media y por los excesos de los reformadores protestantes. Empleando por una parte la ternura paternal y las ardientes exhortaciones y, poniendo rigurosamente en práctica, por la otra, los decretos de los sínodos, sin distinción de personas, ni clases, ni privilegios, doblegó poco a poco a los obstinados y llegó a vencer dificultades que habrían desalentado aun a los más valientes. San Carlos tuvo que superar su propia dificultad de palabra, a base de paciencia y atención, pues tenía un defecto en la lengua. A este propósito, decía su amigo Aquiles Gagliardi: «Muchas veces me he maravillado de que, aun sin poseer elocuencia natural alguna, sin tener ningún atractivo especial en su persona, haya conseguido obrar tales cambios en el corazón de sus oyentes. Hablaba brevemente, con suma seriedad y apenas se podía oír su voz; sin embargo, sus palabras producían siempre efecto». San Carlos ordenó que se atendiense especialmente a la instrucción cristiana de los niños. No contento con imponer a los sacerdotes la obligación de enseñar públicamente el catecismo todos los domingos y días de fiesta, estableció la Cofradía de la Doctrina Cristiana, que llegó a contar, según se dice, con 740 escuelas, 3.000 catequistas y 40.000 alumnos. San Carlos se valió particularmente de los clérigos regulares de San Pablo («barnabitas»), cuyas constituciones él mismo había ayudado a revisar y, en 1578, fundó una congregación de sacerdotes seculares, llamados Oblatos de San Ambrosio que, por un voto simple de obediencia a su obispo, se ponían a disposición de éste para que los emplease a su gusto en la obra de la salvación de las almas. Pío XI formó parte más tarde de esa congregación, cuyos miembros se llaman actualmente Oblatos de San Ambrosio y de San Carlos.

Pero no en todas partes se acogió bien la obra reformadora del santo, quien en ciertos casos tuvo que hacer frente a una oposición violenta y sin escrúpulos. En 1567, tuvo una dificultad con el senado. Ciertos laicos que llevaban abiertamente una vida poco edificante y se negaban a prestar oídos a las exhortaciones del santo, fueron aprisionados por orden suya. El senado amenazó, por ese motivo, a los funcionarios de la curia del arzobispo, y el asunto llegó hasta el Papa y Felipe II de España. Entre tanto, el alguacil episcopal fue golpeado y expulsado de la ciudad. San Carlos, después de considerar la cosa maduramente, excomulgó a los que habían participado en el ataque. Finalmente, el fallo sobre este conflicto de jurisdicción favoreció a san Carlos, ya que en la ley de la época un arzobispo gozaba de cierto poder ejecutivo; pero el gobernador de Milán se negó a aceptar esa decisión. San Carlos partió por entonces a visitar tres valles alpinos: el de Levantina, el de Bregno y La Riviera, que los anteriores arzobispos habían dejado completamente abandonados y donde la corrupción del clero era todavía mayor que la de los laicos, con los resultados que pueden imaginarse. El santo predicó y catequizó por todas partes, destituyó a los clérigos indignos y los reemplazó por hombres capaces de restaurar la fe y las costumbres del pueblo y de resistir a los ataques de los protestantes zwinglianos. Pero sus enemigos de Milán no le dejaron mucho tiempo en paz. Como la conducta de algunos de los canónigos de la colegiata de Santa Maria della Scala (que pretendían estar exentos de la jurisdicción del ordinario) no correspondiese a su dignidad, san Carlos consultó a san Pío V, quien le contestó que tenía derecho a visitar dicha iglesia y a tomar contra los canónigos las medidas que juzgase necesarias. San Carlos se presentó entonces en la iglesia a hacer la visita canónica; pero los canónigos le dieron con la puerta en las narices y alguien hizo un disparo contra la cruz que el santo había alzado con la mano durante el tumulto. El senado se puso en favor de los canónigos y presentó a Felipe II de España las más virulentas acusaciones contra el arzobispo, diciendo que se había arrogado los derechos del rey, porque la colegiata estaba bajo el patronato regio. Por otra parte, el gobernador de Milán escribió al Papa, amenazando con desterrar al cardenal Borromeo por traidor. Finalmente, el rey escribió al gobernador para que apoyase al arzobispo y los canónigos ofrecieron resistencia algún tiempo, pero acabaron por doblegarse.

Antes de que ese asunto se solucionase, la vida de san Carlos corrió un peligro todavía mayor: la orden religiosa de los humiliati, que contaba ya con muy pocos miembros pero poseía aún muchos monasterios y tierras, se había sometido a las medidas reformadoras del arzobispo, pero los humiliati estaban totalmente corrompidos y su sumisión había sido aparente. En efecto, intentaron por todos los medios conseguir que el Papa anulase las disposiciones de san Carlos y, al fracasar sus intentos, tres priores de la orden tramaron un complot para asesinar a san Carlos. Un sacerdote de la orden, llamado Jerónimo Donati Farina, aceptó hacer el intento de matar al santo por veinte monedas de oro. Se obtuvo esa suma con la venta de los ornamentos de una iglesia. El 26 de octubre de 1569, Farina se apostó a la puerta de la capilla de la casa de san Carlos, en tanto que éste rezaba las oraciones de la noche con los suyos. Los presentes cantaban un himno de Orlando di Lasso y, precisamente en el momento en que entonaban las palabras «Ya es tiempo de que vuelva a Aquél que me envió», el asesino descargó su pistola contra el santo. Farina consiguió escapar en el tumulto que se produjo, en tanto que san Carlos, pensando que estaba herido de muerte, encomendaba su alma a Dios. En realidad la bala sólo había tocado sus ropas y su manto cardenalicio había caído al suelo, pero el santo estaba ileso. Después de una solemne procesión de acción de gracias, san Carlos se retiró unos días a un monasterio de la Cartuja para consagrar nuevamente su vida a Dios.

Al salir de su retiro, visitó otra vez los tres valles de los Alpes y aprovechó la oportunidad para recorrer también los cantones suizos católicos, donde convirtió a cierto número de zwinglianos y restauró la disciplina en los monasterios. La cosecha de aquel año se perdió y, al siguiente, Milán atravesó por un período de carestía. San Carlos pidió ayuda para procurar alimentos a los necesitados y, durante tres meses, dio de comer diariamente a tres mil pobres con sus propias rentas. Como había estado bastante mal de salud, los médicos le ordenaron que modificase su régimen de vida, pero el cambio no produjo ninguna mejoría. Después de asistir en Roma al cónclave que eligió a Gregorio XIII, el santo volvió a su antiguo régimen y así, pronto se recuperó. Al poco tiempo, tuvo un nuevo conflicto con el poder civil de Milán, pues el nuevo gobernador, Don Luis de Requesens, trató de reducir la jurisdicción local de la Iglesia y de poner en mal al arzobispo con el rey. San Carlos no vaciló en excomulgar a Requesens quien, para vengarse, envió un pelotón de soldados a patrullar las cercanías del palacio episcopal y prohibió que las cofradías se reuniesen cuando no estuviera presente un magistrado. Felipe II acabó por destituir al gobernador. Pero esos triunfos públicos no fueron, por cierto, la parte más importante del «cuidado pastoral» que ensalza el oficio de la fiesta de san Carlos. Su tarea principal consistió en formar un clero virtuoso y bien preparado. En cierta ocasión en que un sacerdote ejemplar se hallaba gravemente enfermo, las gentes comentaron que el arzobispo se preocupaba demasiado por él. El santo respondió: «¡Bien se ve que no sabéis lo que vale la vida de un buen sacerdote!» Ya mencionamos arriba la fundación de los oblatos de San Ambrosio, que tanto éxito tuvieron. Por otra parte, san Carlos reunió cinco sínodos provinciales y once diocesanos. Era infatigable en la visita a las parroquias. Cuando uno de sus sufragáneos le dijo que no tenía nada que hacer, el santo le mandó una larga lista de las obligaciones episcopales, añadiendo después de cada punto: «¿Cómo puede decir un obispo que no tiene nada que hacer?» El santo fundó tres seminarios en la arquidiócesis de Milán, para otros tantos tipos de jóvenes que se preparaban al sacerdocio y exigió en todas partes que se aplicasen las disposiciones del Concilio Tridentino acerca de la formación sacerdotal. En 1575, fue a Roma a ganar la indulgencia del jubileo y, al año siguiente, la instituyó en Milán. Acudieron entonces a la ciudad grandes multitudes de peregrinos, algunos de los cuales estaban contaminados con la peste, de suerte que la epidemia se propagó en Milán con gran virulencia.

El gobernador y muchos de los nobles abandonaron la ciudad. San Carlos se consagró enteramente al cuidado de los enfermos. Como su clero no fuese suficientemente numeroso para asistir a las víctimas, reunió a los superiores de las comunidades religiosas y les pidió ayuda. Inmediatamente se ofrecieron como voluntarios muchos religiosos, a quienes san Carlos hospedó en su propia casa. Después escribió al gobernador, Don Antonio de Guzmán, echándole en cara su cobardía, y consiguió que volviese a su puesto, con otros magistrados, para esforzarse en poner coto al desastre. El hospital de San Gregorio resultaba demasiado pequeño y siempre estaba repleto de muertos, moribundos y enfermos a quienes nadie se encargaba de asistir. El espectáculo arrancó lágrimas a san Carlos, quien tuvo que pedir auxilio a los sacerdotes de los valles alpinos, pues los de Milán se negaron, al principio, a ir al hospital. La epidemia acabó con el comercio, lo cual produjo la carestía. San Carlos agotó literalmente sus recursos para ayudar a los necesitados y contrajo grandes deudas. Llegó al extremo de transformar en vestidos para los pobres, los toldos y doseles de colores que solían colgarse desde el palacio episcopal hasta la catedral, durante las procesiones. Se colocó a los enfermos en las casas vacías de las afueras de la ciudad y en refugios improvisados; los sacerdotes organizaron cuerpos de ayudantes laicos, y se erigieron altares en las calles para que los enfermos pudiesen asistir a la misa desde las ventanas. Pero el arzobispo no se contentó con orar, hacer penitencia, organizar y distribuir, sino que asistió personalmente a los enfermos, a los moribundos y acudió en socorro de los necesitados. Los altibajos de la peste duraron desde el verano de 1576 hasta principios de 1578. Ni siquiera en ese período dejaron los magistrados de Milán de hacer intentos para poner en mal a san Carlos con el Papa. Tal vez algunas de sus quejas no eran del todo infundadas, pero todas ellas revelaban, en el fondo, la ineficacia y estupidez de quienes las presentaban. Cuando terminó la epidemia, san Carlos decidió reorganizar el capítulo de la catedral sobre la base de la vida común. Los canónigos se opusieron y el santo determinó entonces fundar sus oblatos. En la primavera de 1580, hospedó durante una semana a una docena de jóvenes ingleses que iban de paso hacia la misión de Inglaterra y uno de ellos predicó ante él: era san Rodolfo Sherwin, quien un año y medio más tarde había de morir por la fe en Londres. Poco después, san Carlos le dio la primera comunión a san Luis Gonzaga, que tenía entonces doce años. Por esa época viajó mucho y las penurias y fatigas empezaron a afectar su salud. Además, había reducido las horas de sueño y el Papa hubo de recomendarle que no llevase demasiado lejos el ayuno cuaresmal. A fines de 1583, san Carlos fue enviado a Suiza como visitador apostólico y en Grisons tuvo que enfrentarse no sólo contra los protestantes, sino también contra un movimiento de brujas y hechiceros. En Roveredo, el pueblo acusó al párroco de practicar la magia y el santo se vio obligado a degradarle y entregarle al brazo secular. No se avergonzaba de discutir pacientemente sobre puntos teológicos con las campesinas protestantes de la región y, en cierta ocasión, hizo esperar a su comitiva hasta que consiguió hacer aprender el Padrenuestro y el Avemaría a un ignorante pastorcito. Habiéndose enterado de que el duque Carlos de Saboya había caído enfermo en Vercelli, fue a verle inmediatamente y le encontró agonizante. Pero, en cuanto entró en la habitación del duque, éste exclamó: «¡Estoy curado!» El santo le dio la comunión al día siguiente. Carlos de Saboya pensó siempre que había recobrado la salud gracias a las oraciones de san Carlos y, después de la muerte de éste, mandó colgar en su sepulcro una lámpara de plata.

En el año de 1584 decayó más la salud del santo. Después de fundar en Milán una casa de convalecencia, san Carlos partió en octubre, a Monte Varallo para hacer su retiro anual, acompañado por el P. Adorno, S. J. Antes de partir, había predicho a varias personas que le quedaba ya poco tiempo de vida. En efecto, el 24 de octubre se sintió enfermo y, el 29 del mismo mes, partió de regreso a Milán, a donde llegó el día de los fieles difuntos. La víspera había celebrado su última misa en Arona, su ciudad natal. Una vez en el lecho, pidió los últimos sacramentos «inmediatamente» y los recibió de manos del arcipreste de su catedral. Al principio de la noche del 3 al 4 de noviembre, murió apaciblemente, mientras pronunciaba las palabras «Ecce venio». No tenía más que cuarenta y seis años de edad. La devoción al santo cardenal se propagó rápidamente. En 1601, el cardenal Baronio, quien le llamó «un segundo Ambrosio», mandó al clero de Milán una orden de Clemente VIII para que, en el aniversario de la muerte del arzobispo, no celebrasen misa de requiem, sino una misa solemne. San Carlos fue oficialmente canonizado por Paulo V en 1610.

Se puede decir, con verdad, que hasta la fecha no se ha publicado ninguna biografía de san Carlos basada en un estudio serio de los materiales que se encuentran en los archivos privados, diplomáticos y eclesiásticos. Los lectores modernos conocen al santo, sobre todo, a través de la biografía de Giussano (1610), cuya edición latina anotó Oltrocchi en 1751 y la del P. Sylvain, Histoire de Saint Charles Borromée (3 vols, 1884). Tal vez la más valiosa de las fuentes, dado que se trata de la obra de un amigo que conoció íntimamente a san Carlos, es el libro del barnabita Bascape, De vita et rebus gestis Caroli cardinalis (1592). En el siglo XX se han publicado muchos estudios históricos sobre los resultados del Concilio de Trento en materia de contrarreforma, y muchos de ellos arrojan luz sobre la vida y las actividades de san Carlos. En este sentido, podríamos dar aquí una bibliografía inmensa; pero nos contentaremos con citar las obras principales. Entre las obras de tipo general, conviene ver la Historia de los Papas de Pastor, y la vasta colección de documentos iniciada por Merkle y Ehses acerca de las sesiones del Concilio de Trento. J. A. Sassi editó en 1747 los escritos de San Carlos en cinco volúmenes; pero en aquella época, no se conocía o no se podía publicar, una gran parte de la correspondencia del santo. Acerca de la acusación que se hizo a San Carlos de perseguir despiadadamente a los herejes, cf. The Tablet, 29 de julio de 1905. Sobre la falla de precauciones sanitarias durante la gran epidemia, véase el importantísimo estudio del P. A. Gemelli, en Scuola Cattolica (1910).
Cuadros:G. Lanfranchi: San Carlos Borromeo en éxtasis, s. XVII y Carlos Saraceni: San Carlos Borromeo asiste a un apestado, 1618.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Beata Alpaide, virgen
fecha: 3 de noviembre
n.: c. 1155 - †: 1211 - país: Francia
otras formas del nombre: Alpais, Alphais
canonización: Conf. Culto: Pío IX 1874
hagiografía: Abel Della Costa
En Cudot, en la región de Sens, en Francia, beata Alpaide, virgen, que, siendo jovencita, cruelmente herida y abandonada por los suyos, vivió recluida en una minúscula celda hasta la ancianidad.
patronazgo: protectora de las personas con discapacidades y de enfermos e impedidos.

Alpaide nació hacia el 1155 en Cudot, pueblecito de la diócesis de Sens, en Francia, y allí mismo murió, el 3 de noviembre de 1211. Su familia era campesina, pobre, y cultivaban, en arriendo, una pequeña granja. Alpaide era la hija mayor, por lo que, en cuanto pudo, se incorporó a las tareas familiares, como era, por lo demás, costumbre entre el campesinado:arar, llevar los rebaños, etc. Pero a los doce años ya no pudo continuar: fue presa de una grave enfermedad que la retuvo desde allí en cama.

Lamentablemente, no es posible a la distancia establecer la enfermedad de la que se trataba, ya que las descripciones van a medio camino entre la interpretación médica y la religiosa. Tal vez algún tipo de lepram ya que todos los documentoss hablan de manchas y llagas horribles en la piel, supurantes, que la hacían aparacer -tal como se lee vivamente en las descripciones- pudríendose en vida. Mientras tanto la madre y los hermanos -el padre haabía ya muerto- la mantuvieron completamente auislada, no porque no la amaraan sino porque no podían asimilar el problema: las oraciones de la madre se dirigían a Dios pidiéndole que cesara ya la vida de su hija; no le daban alimentos, por ver si moría de hambre, y cuando se los daban, nadie se acercaba, por el mal olor que despedía, así que se los arrohjaban como a los animales, de modo que apenas si podía llegar a alcanzar alguno, puesto que tenía las manos paralizadas.

Llevaba cerca de un año en cama (es decir, en el establo, en un jergón de paja), cuando en al víspera de la Pascua, mientras todos iban hacia la iglesia -naturalmente ella no- vio una gran luz, olió un suave aroma, y se le apareció la Virgen. La libró de las heridas supurantes, y del correspondiente hedor que despedía, pero se mantuvo paralizada, de modo que continuó teniendo que guardar cama, inmóvil al punto de que incluso para darse la vuelta necesitaba ayuda. Sólo tenía libre la cabeza, el pecho, y la mano y brazo derechos. La Virgen le había dicho que se mantendría con vida sin necesidad de alimentos, y así estuvo mucho tiempo, sin probar alimentos, excepto la comunión los domingos.

La fama de ese milagroso ayuno pornto llegó a oídos del arzobispo de Sens, Guillermo, tío del rey Felipe, quien, luego de una investigación de los hechos, mandó construir una iglesia al lado de donde se encontraba postrada Alpaide, con un ventanuco por el que podía ella asistir a los oficios divinos. El cuidado de la iglesia y las celebraciones fueron confiadas a un grupo de canónigos regulares.

Naturalmente, no sólo el ayuno era famoso, sino que desde el día de la aparición, Alpaide tuvo el don de hacer milagros, veía en espíritu hechos lejanos, predecía el futuro, tenía visiones celestiales, especialmente en las fiestas del Señor o de la Virgen; gozaba del don de consejo y de prudencia en las palabras. Su celda fue meta de peregrinaciones multitudinarias, se acercaban gente de toda clase, nobles y plebeyos, a pedir sus oraciones y escuchar sus consejos. La reina Adele, esposa de Luis VII de Francia, dotó en el 1180 a la iglesia de Cudot con una pensión anual para el mantenimiento de Alpaide; y como ésta, llegaron también más donaciones.

Cuando murió, su cuerpo fue enterrado en el coro de la iglesia, y aun en 1894 se mantenía allí, ante el altar mayor. Fue inmediatamente venerada como santa por el pueblo, y en 1874 la Sagrada Congregación de Ritos, luego del debido proceso informativo, confirmó el culto inmemorial.

Este artículo está basado, pero no es traducción directa, en el de Pietro Burchi en Enciclopedia dei Santi. Lamentablemente el autor, que cita frases de la documentación original en latín, no indica la fuente, que posiblemente sea Acta Sanctorum, aunque no he podido encontrar esa sección. El decreto de confirmación del culto «ab inmemoriale» se encuentra en Acta Sanctae Sedis nº 7 (1873-73), pero no incluye un resumen biográfico, como se acostumbró en decretos posteriores.

Abel Della Costa
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San Pedro Francisco Nerón, presbítero y mártir
fecha: 3 de noviembre
n.: 1818 - †: 1860 - país: Vietnam
canonización: B: Pío X 2 may 1909 - C: Juan Pablo II 19 jun 1988
hagiografía: Santi e Beati
Junto a la fortaleza Xa Doai, en Tonquín, san Pedro Francisco Nerón, presbítero de la Sociedad de Misiones Extranjeras de París y mártir, que, en tiempo del emperador Tu Duc, vivió tres meses encerrado en una cueva estrechísima, donde, herido atrozmente con varas, se abstuvo durante tres semanas de todo alimento y consumó su martirio al ser finalmente decapitado.
Ver más información en:
117 mártires de la persecución en Vietnam (1740 a 1883)

Nació un 21 de septiembre en Bornay de Lons-le-Saunier, en la diócesis de Saint-Claude (Jura), quinto de nueve hijos. A los diecinueve años expresó su deseo de ser sacerdote. Después de haber estudiado desde 1839 hasta 1845 en el los seminarios menores de Nozerroy y Vaux-sur-Poligny, entró, en 1845, en el seminario mayor de Lons-le-Saunier. En 1846 entró en el seminario de Misiones Extranjeras de París, donde en junio de 1848, fue ordenado sacerdote para ser enviado a Tonkín. Durante su estancia en París, fue a rezar a Nuestra Señora de las Victorias para pedir la gracia del martirio.

En 1849 Mons. Retord, Vicario Apostólico de Tonkín Occidental le dio el distrito de Kim-Son. Después de muchos meses de intenso trabajo pastoral, bajo la amenaza de persecución, debe refugiarse junto a Mons. Retord, por quien en 1854 fue nombrado superior de un pequeño seminario con ciento cincuenta postulantes, a los que enseñaba filosofía, traduciendo para ellos incluso libros de texto de matemáticas traídos de Francia. A pesar de este enorme trabajo, san Pedro Francisco permaneció fiel a una intensa vida espiritual, haciendo cotidianamente su Via Crucis, ayunando en Cuaresma, los viernes y las vísperas de las fiestas de Nuestra Señora.

Habiéndose agravado la situación en el país, durante muchos meses se vio obligado a llevar una vida errante, hasta que, traicionado por un amigo, fue arrestado en la noche del 5 al 6 de agosto de 1860. Encerrado en una jaula de la que no salió sino para el interrogatorio, pasó tres meses en silencio, meditando y orando sin cesar. Fue finalmente condenado a la pena de muerte y ejecutado por decapitación el 3 de noviembre De 1860 en Son Tay (o Song-Koi, unos cincuenta kilómetros al norte de Hanoi). Su cabeza fue arrojado al río Rojo, mientras los soldados conservaron su túnica. El cuerpo, enterrado en el lugar, fue reconocido en 1880 por Mons. Gendreau, y depositado en la cripta de una iglesia próxima al lugar del martirio.

Traducido y resumido para ETF de un artículo de Claude Boillon para la Enciclopedia dei Santi.

fuente: Santi e Beati
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San Juanicio, monje
fecha: 3 de noviembre
fecha en el calendario anterior: 4 de noviembre
n.: c. 754 - †: c. 846 - país: Turquía
otras formas del nombre: Ioannikios el grande, Ioannikos, Joanicio
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En el cenobio de Antidio, en Bitinia, san Juanicio, monje, que, después de más de veinte años al servicio de las armas, vivió solitario en varias montañas del Olimpo, y solía acompañar su oración con estas palabras: «Dios es mi esperanza, Cristo mi refugio, el Espíritu Santo mi protector».

San Juanicio, que había tenido una juventud muy disoluta, alcanzó después, por la penitencia, tal grado de santidad, que los griegos le llaman «el grande», y le veneran como a uno de sus monjes más ilustres. Juanicio era originario de Bitinia, donde ejerció de niño el oficio de pastor. A los diecinueve años, pasó a formar parte de la guardia militar de Constantino Coprónimo. Se dejó llevar por la tendencia de la época y, el futuro santo apoyó a los perseguidores de las sagradas imágenes, pero un monje de gran santidad le apartó de los errores de su vida disoluta, y Juanicio llevó una existencia ejemplar durante seis años. A los cuarenta de edad, abandonó el ejército y se retiró al Monte Olimpo, en Bitinia. Allí se instruyó en los rudimentos de la vida monástica, aprendió a leer, a rezar de memoria el salterio y se ejercitó en los deberes de su nuevo estado. El santo llamaba a ese proceso «la maduración del corazón». Más tarde, se retiró a la vida eremítica y llegó a ser famoso por sus dones de profecía y milagros, así como por su prudencia en la dirección de las almas. Por uno de sus milagros, devolvió la libertad a cierto número de hombres que habían caído prisioneros de los búlgaros y, con otro prodigio, expulsó a un mal espíritu que atormentaba a san Daniel de Tasión.

San Juanicio ingresó después en el monasterio de Eraste, cerca de Brusa, donde defendió celosamente la ortodoxia contra el emperador León V y otros iconoclastas. Allí estuvo en estrecha relación con los famosos santos Teodoro el Estudita y Metodio de Constantinopla. Este último, por consejos de san Juanicio, calmó a aquellos de sus discípulos que se habían dejado llevar por un celo indiscreto y exigían que se invalidasen las órdenes conferidas por los obispos iconoclastas. Juanicio le dijo a Metodio: «Son hermanos nuestros que han caído en el error. Trátalos como tales en tanto que persisten en sus faltas, pero devuélveles sus antiguas dignidades cuando se arrepientan, a no ser que se trate claramante de herejes o perseguidores». San Juanicio se encaró con gran valentía, con el emperador Teófilo, el cual, además de prohibir las sagradas imágenes, había decretado que no se honrase a los santos con ese nombre. San Juanicio profetizó que Teófilo acabaría por restaurar las imágenes en las iglesias, pero tal vaticinio no se cumplió sino hasta el reinado de Teodora, la viuda del emperador, la cual nunca había traicionado la ortodoxia. Uno de los discípulos que tuvo san Juanicio en su ancianidad, fue san Eutimio de Tesalónica. Después de muchos años de conservar la reputación del más distinguido de los ascetas y profetas de su tiempo, san Juanicio se retiró a una ermita, donde murió el 3 de noviembre de 846. Tenía entonces noventa y dos años y había visto triunfar por dos veces a la ortodoxia sobre la herejía iconoclasta que él había practicado en su juventud y a la cual se había opuesto después tan vigorosamente.

En Acta Sanctorum, nov., vol. II, los bolandistas publicaron íntegramente dos biografías griegas muy detalladas y las tradujeron al latín. Sus autores, Pedro y Sabas, eran dos monjes griegos que habían sido discípulos de san Juanicio. Según parece, la biografía de Pedro es la más antigua, pero la de Sabas está mejor escrita y es más completa, en conjunto. Acerca de la fecha de la muerte del santo, cf, Pargoire, en Echos d'Orient, vol. IV (1900), pp. 75-80.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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San Libertino de Agrigento, obispo y mártir
fecha: 3 de noviembre
†: s. III/IV - país: Italia
canonización: pre-congregación
hagiografía: Abel Della Costa
En Agrigento, de Sicilia, san Libertino, obispo y mártir.

Como en muchos otros casos de obiospos antiguos, la leyenda local afirma que san Libertino fue ordenado por el propio san Pedro, y enviado a predicar en Agrigento y a fundar y regir como primer obispo aquella iglesia.Este tema es tan importante en el materiaal tradicional que nos ha llegado sobre el santo, que el cuadro que reproducimos, de Francesco Narbone, representa precisamente ese momento en el que el P´rincipe de lso Apóstoles entrega a Libertino el pergamino episcopal.

No hay, como es de esperarse, ninguna documentación históricamente fidedigna que avale esta leyenda, sino que los escolios históricos más antiguos datan del siglo VII, y sitúan el episcopado y martirio de Libertino hacia el siglo III o inicios del IV, quizás en la persecución de Diocleciano. Hay algunos indicios que apuntan a que el culto local del santo se hallaba extendido ya en la antigüedad: algunos personajes del siglo VI llevan su nombre, y se conservaba, siglos después, una casa de propiedad de la diócesis que era llamada con su nombre. Según la pasión antigua, murió martirizado junto con san Pellegrino de Agrigento, otro santo venerado localmente pero que no se encuntra inscripto en el Martirologio actual.

En Acta Sanctorum, nov. vol II se halla el conjunto del material, muy contradictorio, sobre este santo. En Santi e beati hay un largo artículo de Domenico De Gregorio que, utilizando el conjunto del material tradicional incluido en Acta Sanctorum, trata de salvar lo más posible la antigüedad del personaje, pero las pruebas no parecen demasiado convincentes; finalmente todo se reduce a las vagas «tradiciones locales». Francesco Narbo fue un pintor eclesiástico de Agrigento, de inicios del siglo XVIII.

Abel Della Costa
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Santos Valentín e Hilario, mártires
fecha: 3 de noviembre
†: s. inc. - país: Italia
canonización: pre-congregación
hagiografía: Santi e Beati
En Viterbo, del Lacio, santos Valentín, presbítero, e Hilario, diácono, mártires.

Al igual que muchos otros documentos que hablan de los mártires de los primeros siglos, también los correspondientes a los santos Valentí e Hilario son del siglo VIII, y por tanto con una certeza histórica hipotética, dada la gran distancia en el tiempo. La «Passio» compuesta en ese siglo dice que Valentín era un presbítero e Hilario un diácono que durante la persecución de Diocleciano (243-313) fueron asesinados y sepultados un 3 de noviembre, en un lugar llamado «Camillarius».

Es difícil saber quiénes fueron realmente, pero puede pensarse que se trataba de los sacerdotes encargados de alguna iglesia rural, que hubieran muerto allí mismo. En un documento del 788 hay una cierta confirmación de esta idea, pues habla de una «celda de san Valentín 'in Silice'», es decir, una pequeña iglesia con sepulcro situada en la Via Cassia, a dos kilómetros de Viterbo. Y, aunque san Hilario no se lo menciona en el documento, el abad de Farfa Sicardo (desde 831 hasta 842) transportó el cuerpo de lso dos a la iglesia abacial.

Los cuerpos de los dos mártires estuvieron en la famosa Abadía de Farfa hasta el siglo XV, aaunque algunas tradiciones de Viterbo dicen que sólo hasta 1303, cuando las reliquias fueron llevadas a la catedral de la ciudad. Algunos antiguos martirologios inscriben esta fiesta el 4 de noviembre, en vez de el día 3.

Traducido para ETF de un artículo de Antonio Borreli.

fuente: Santi e Beati
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Santa Silvia, madre de familia
fecha: 3 de noviembre
n.: c.520 - †: c. 592 - país: Italia
canonización: pre-congregación
hagiografía: Catholic Encyclopedia
En Roma, conmemoración de santa Silvia, madre del papa san Gregorio I Magno, de la que el mismo Pontífice dejó escrito que había alcanzado la cima de la oración y de la penitencia, siendo óptimo ejemplo para todos los demás.
patronazgo: protectora del buen parto.

Silvia fue la madre del papa san Gregorio Magno, y nació alrededor del 515 (o quizás 525). Lamentablemente no hay una «Vida de Silvia», y todo lo que hay sobre ella son unas muy escasas noticias. Su lugar de nacimiento se ubica a veces en Sicilia, otras en Roma. Aparentemente era de una familia distinguida como la de su marido Gordiano, regionario romano, dueño de amplias propiedades en Sicilia. Tuvo, además de Gregorio, un segundo hijo.

Silvia fue notable por su gran piedad, y dió a sus hijos una excelente educación. Después de la muerte de su esposo se dedicó por entero a la religión en una «celda, junto a la puerta del bienaventurado Pablo» (cella nova juxta portam beati Pauli). El papa san Gregorio tenía un retrato en mosaico de sus padres, realizado en el monasterio de San Andrés, que es descrito minuciosamente por Juan el Diácono (PL, LXXV, 229-30). Silvia fue retratada sentada, con la cara, en la que las arrugas de la edad no pudieron extinguir la belleza, completamente visible; los ojos grandes y azules, y la expresión graciosa y animada.

Murió hacia el 592, y recibió culto desde antiguo; en el siglo IX se erigió un oratorio sobre su antigua vivienda, junto a la Basílica de San Sabas. El Papa Clemente VIII (1592 - 1605) inscribió su nombre el 3 de Noviembre en el Martirologio Romano. Es invocada por las embarazadas para un parto seguro.

Traducido para ETF, con escasos cambios, de un artículo de Klemens Löffler para Catholic Encyclopedia (1912).
Lamentablemente el retrato «descrito minuciosamente por Juan el Diácono» no ha llegado a nosotros. Además de la imagen de Santa Silvia puede verse una foto del monasterio de San Sabas quue muestra de frente el oratorio de Santa Silvia.

fuente: Catholic Encyclopedia
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San Pirmino, abad y obispo
fecha: 3 de noviembre
n.: c. 670 - †: 753 - país: Francia
otras formas del nombre: Pirminio
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En el monasterio de Hornbach, junto a Estrasburgo, en Burgundia, sepultura de san Pirmino, obispo y abad de Reichenau, que evangelizó a alamanes y bávaros, fundó muchos monasterios y compuso para sus discípulos un libro para catequizar a los campesinos.
patronazgo: protector contra los envenenamientos, las mordeduras de serpiente y el reumatismo.

La primera evangelización del antiguo gran ducado de Baden fue principalmente obra de varios monasterios, entre cuyos fundadores se distinguió san Pirmino. Probablemente era originario del sur de la Galia o de España y salió de allí huyendo de los moros. Pirmino restauró la abadía de Dissentis, en Grisons, que había sido destruida por los ávaros. Pero, sobre todo, es famoso porque fue el primer abad de Reichenau. En efecto, el santo fundó dicho monasterio el año 724, en una isla del lago de Constanza. Según se dice, fue la primera abadía benedictina en tierra alemana. En una época, la influencia de Reichenau rivalizó con la de Saint Gall. Por razones políticas, el fundador fue desterrado de allí y pasó a Alsacia, donde fundó el monasterio de Murbach, entre Tréveris y Metz. También fundó la abadía benedictina de Amorbac, en el sur de la Franconia. Se atribuye a san Pirmino un manual de instrucción popular, muy conocido en la época carolingia, llamado «Dicta Pirmini» (Palabras de Pirmino) o Scarapsus. Murió el año 753.

Existe una biografía latina de Pirmino, escrita en el siglo IX. Ha sido editada, tomando por base diversos manuscritos antiguos, en Monumenta Germaniae Historica, Scriptores, vol. xv, y en Acta Sanctorum, nov., vol. II. Dicha biografía, muy corta y escueta, compuesta por un monje anónimo de Hombach, fue la fuente principal de una biografía posterior más vaga y escrita en verso. En Acta Sanctorum hay una introducción muy completa para ambas biografías. Véase también E. Egli, Kirchengeschichte Schweiz (1893), pp. 72-82; J. Clauss Die Heiligen des Elsass (1935), pp. 246-247; G. Jecker, en Die Kultur der Abtei Reichenau, vol. I (1925), pp. 19-36, y Die Heimant des hl. Pirmin (1927) del mismo autor; Der Heilige pirmin un sein Pastoralbüchlein, Jan Thorbecke, ed. Sigmaringen, 1976, contiene una breve introducción y traducción al alemán de los «Dicta Pirmini».
En la imagen: iluminación donde se puede ver al centro a la Madre de Dios con el Niño rodeados de todas las construcciones de Raichenau, con san Pirmino a la derecha (con quien habla la Virgen) y Witigowo, a la izquierda, también abad y fundador. De un manuscrito de la «Gesta Witigowonis», del siglo X.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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