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Santoral del 8 de Noviembre

rINDICE

Santos José Nguyên Dinh Nghi, Pablo Nguyên Ngân, Martín Ta Dúc Thinh, Martín Tho y Juan Bautista Con, mártires
Beata María Crucificada Satellico, abadesa
Beato Juan Duns Escoto, religioso presbítero
San Godofredo de Amiéns, obispo
San Wilehado de Bremen, obispo
San Adeodato I, papa
San Claro, monje y presbítero
Santos «Cuatro Coronados» y Simplicio, mártires
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CUATRO SANTOSCORONADOS,Mártires
Patrono del ganado; albañiles; escultores. Protector contra la fiebre
Que tu limosna quede oculta,
y tu Padre, que ve lo oculto, te recompensará.
(Mateo 6,4)

Cuatro hermanos que en Roma ocupaban puestos de distinción y se llamaban Severo, Severino, Carpóforo y Victorino, fueron aprehendidos bajo Diocleciano por haberse declarado en contra del culto de los ídolos. Fueron azotados con látigos de plomo hasta que expiraron bajo los golpes. Sus restos, recogidos por los cristianos, fueron enterrados en el cementerio de la vía Lavicana, al lado de otros cinco mártires, de profesión escultores, que se habían negado a hacer estatuas de falsos dioses. Las reliquias de todos estos mártires fueron más tarde llevadas a Roma a la iglesia que lleva hoy el nombre de Iglesia de los Cuatro Coronados.

MEDITACIÓN SOBRE EL RESPETO HUMANO

I. Ejecuta todos tus actos para agradar a Dios y ten cuidado de que la vanidad no te arrebate todo el mérito de tus buenas obras. Si trabajas para brillar ante los ojos de los hombres o para agradarlos, no esperes de Dios ninguna recompensa. Es por mí, oh mi divino Salvador, por quien vinisteis a este mundo, trabajasteis durante vuestra vida y moristeis en una cruz; por Vos también quiero yo morir.

II. No te tomes el trabajo de contentar al mundo; es intentar lo imposible. Cada persona tiene su opinión: ¿cómo conciliar sentimientos tan diversos? Que los juicios y las burlas de los hombres jamás te detengan en el cumplimiento de tus deberes. No puedes resistir una palabra de burla, ¿cómo harás para resistir los halagos, las amenazas y los suplicios de los tiranos?

III. Guárdate, con tus burlas, de desviar a los demás del servicio de Dios. Es hacer oficio de demonio; es privar a Dios de grandísima gloria, y a la creatura de una gracia que le habría sido dada como recompensa de su buena acción. Y si alguien quiere impedirte servir a Dios, míralo como a un emisario del demonio, búrlate de él; haz el bien y deja a los hombres que digan lo que quieran. No te inquietes por sus vanos discursos: la Santísima Trinidad misma no ha podido escapar a la crítica de los insensatos; tampoco tú escaparás (San Gregorio Nacianceno)..

La pureza de intención.
Orad por los impíos.

ORACIÓN
Haced, os lo suplicamos, oh Dios omnipotente, que honrando la constancia de vuestros gloriosos mártires en confesar vuestro Nombre, experimentemos los efectos de su caritativa intercesión ante Vos. Por J. C. N. S.



Santos «Cuatro Coronados» y Simplicio, mártires
fecha: 8 de noviembre
†: c. 306 - país: Croacia
otras formas del nombre: Simproniano, Claudio, Nicóstrato, Cástor (según otra tradición: Severo, Severiano, Carpóforo, Victorino)
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Conmemoración de los santos mártires Simproniano, Claudio, Nicóstrato, Cástor y Simplicio, que, según la tradición, eran marmolistas en Srijem, en Panonia, y por negarse, en fidelidad al nombre de Jesucristo, a esculpir la imagen del dios Esculapio, fueron arrojados al río por orden del emperador Diocleciano y coronados por Dios con la gracia del martirio. Sus restos fueron venerados en Roma en la basílica del monte Celio, bajo el título de los Cuatro Coronados.
patronazgo: patronos de los escultores, los marmolistas, los talladores (de piedra y también madera) y oficios afines.
refieren a este santo: Santa Eulalia de Barcelona, San León IV, Santos Segundo, Carpóforo, Victorino y Severiano

Hubo un tiempo en que se celebraba dos series de «cuatro santos coronados»: Severo, Severiano, Carpóforo y Victorino, considerados mártires romanos, y Simproniano, Claudio, Nicóstrato, Cástor, considerados mártires de Panonia (aunque el Martirologio Romano afirmaba que también habían sido sepultados en Roma). En los dos casos, el martirio había ocurrido bajo Diocleciano. Las dos series dieron lugar a «actas» propias, creando tal confusión entre una y otra, que todo el conjunto pareció increible y una mera invención legendaria. A tal punto que, cuando se comenzó en 1969 la última reforma del Martirologio Romano, que culminó en 2001 con la edición del Nuevo, estos santos fueron suprimidos del calendario.

Afortunadamente, una adecuada evaluación del conjunto de la historia, permitió recuperar aquellos elementos que tenían una validez histórica y que hablaban, efectivamente, de unos mártires de Cristo que existieron realmente, separándolos de aquellos elementos que eran puramente legendarios, y, en este caso, una mera duplicación de datos que había tomado, por así decirlo, «vida propia», y dado lugar a unas «actas» tan falseadas que el gran hagiógrafo, el P. Delehaye llega a llamar a ese invento «el oprobio de la hagiografía».

La historia genuina proviene de unas «actas» antiguas donde, como lo hace notar el P. Delehaye, hay una magnífica descripción de las bodegas y talleres imperiales en Sirmium (no se trata propiamente de la ciudad de Sremska Mitrovica, actualmente en Serbia, sino en la región de Srijem, repartida entre Serbia y Croacia) y Diocleciano aparece no como el monstruo de crueldad del que estamos acostumbrados a oir hablar, sino como un emperador de carácter bastante inestable, pero poseído de una verdadera pasión de construir.

Las esculturas y bajo relieves en madera labrados por los cristianos Claudio, Nicóstrato, Sinforiano, Castorio y Simplicio, llamaron tanto la atención del emperador (Simplicio se había convertido al cristianismo, pues creía que la habilidad de sus compañeros de oficio procedía de su religión), que les encomendó cierto número de obras. Los escultores hicieron lo que les había pedido, excepto una estatua de Esculapio, pues eran cristianos (hay que notar que su cristianismo no les impidió esculpir una estatua del sol, que también era un dios). El emperador se limitó a confiar la estatua de Esculapio a otro escultor, diciendo: «Ya es bastante que su religión les permita esculpir obras tan bellas». Pero la opinión pública empezó a clamar contra Claudio y sus compañeros, quienes fueron finalmente encarcelados por haberse negado a ofrecer sacrificios a los dioses. Sin embargo, Diocleciano y el carcelero Lampadio los trataron bien al principio. Pero Lampadio murió súbitamente y, como sus parientes echasen la culpa a los cinco cristianos, el emperador tuvo al fin que condenarlos a muerte. Así pues, se los encerró en cajas de plomo que fueron arrojadas al río. Tres semanas más tarde, un tal Nicodemo recuperó los cuerpos.

En el Monte Celio, de Roma, se construyó una basílica en honor de los Cuatro Santos Coronados, probablemente durante la primera mitad del siglo V. Dicha basílica llegó a ser y es aún, la iglesia titular de uno de los cardenales. Ciertos indicios parecen señalar que los santos a los que la basílica estaba dedicada eran, en realidad, los mártires de Panonia, aunque ignoramos por qué se suprimió el nombre de Simplicio, ya que sus reliquias fueron posteriormente trasladadas a Roma. Ciertos autores opinan que, al cabo de algún tiempo, se supo la verdadera historia de los mártires; entonces algún hagiógrafo, para explicar por qué eran cuatro y no cinco, inventó la leyenda según la cual, los Cuatro Coronados eran romanos y no originarios de Panonia y eran soldados y no escultores, lo que terminó provocando la confusión ya explicada. Aunque en la actualidad se ha restituido el número de cinco, se los sigue llamando «Cuatro Coronados», a los que se añade el nombre de Simplicio, porque la basílica antigua llevaba ese nombre, y por el título cardenalicio al que dio lugar; además, han pasdo con esa representación de cuatro a la iconografía tradicional.

Es muy natural que los gremios de la Edad Media hayan profesado gran devoción a los Cuatro Coronados, que habían sido escultores. En el Museo Británico (MS. Royal XVII.A.i) se conserva un poema en el que se fijan las reglas de un gremio medieval. Tiene una sección titulada Ars quatuor coronatorum, que comienza así: «Oremos ahora al Dios Todopoderoso
y a María, su santa Madre...»
seguidamente narra en forma breve la leyenda «de estos cuatro mártires, a los que se honra mucho en este oficio», e indica que quienes deseen saber más detalles encontrarán
«...en la leyenda de los santos (i.e en el libro «Legenda Sanctorum»)
los nombres de los cuatro coronados.
Su fiesta se ha de celebrar sin falta
ocho días después de Todos los Santos.»

Todavia a mediados del siglo XX en Inglaterra, según refiere el artículo del Butler, una prestigiosa revista sobre la construcción llevaba el nombre de «Ars Quatuor Coronatorum» (el arte de los Cuatro Coronados), y en la actualidad ese nombre lo lleva (desde 1889, según se indica en su web) una logia masónica, precisamente por su simbolismo arquitectónico.

Una de las obras plásticas más conocidas dedicada a los Cuatro Coronados, es la escultura de Nanni di Banco, en la iglesia de Orsanmichele de Florencia. Al respecto, la anécdota tradicional cuenta que Nanni di Banco, el gran rival de Donatello, concluyó las estatuias de cada uno de los cuatro por separado, pero por los gestos y posturas de cada uno, no encontró luego la manera de encajarlos todos en el nicho que tenía preparado. No le quedó más remedio que recurrir a su antagonista, quien se comprometió a solucionar el asunto a cambio de una cena para él y sus colaboradores. Nanni aceptó, y así Donatello les dio el movimiento tan característico que puede apreciarse ahora, y al disponerlos como si estuvieran conversando, consiguió que entraran todas en el nicho. Nanni, sin embargo, convidó a todos sólo con ensalada... posiblemente la anécdota no sea del todo cierta, pero expresa muy bien la diferencia entre la gracilidad y movimiento de las figuras de Donatello, y la gravedad y hieratismo de las de Nanni del Banco. El friso bajo el grupo de los Cuatro Coronados los muestra en su trabajo de escultores.

En Acta Sanctorum, nov., vol. III, el P. Delehaye escribió en 1910 un artículo de treinta y seis páginas in-folio; en él editó el texto de las actas de Panonia, escritas probablemente por un tal Porfirio, así como una recensión del siglo X, escrita por un tal Pedro de Nápoles. La Depositio Martyrum del siglo IV, confirmada por el Sacramentarlo Leonino y otros, no deja duda alguna de que en Roma se tributaba culto a estos máritres desde antiguo. Delehaye se inclina absolutamente por la opinión de que el único grupo de mártires que existió realmente fue el de los de Panonia, cuyas reliquias fueron transladadas a Roma y enterradas en la catacumba de la Vía Lavicana (cf. Analecta Bollandiana, vol. XXXII, 1913, pp. 63-71; Les passions des martyrs ... , 1921, pp. 328-344; Etude sur le légendier romain, 1936, pp. 65-73; y Comentario sobre el Martirologium Hieronymianum, pp. 590-591). Pero otros autores proponen teorías diferentes: Mons. Duchesne, en Mélanges d'archéologie et d'histoire, vol. XXXI, 1911, pp. 231-246; P. Franchi de Cavalieri, en Studi e Testi, vol. XXIV, 1912, pp. 57-66; y J. P. Kirsch, en Historisches Jahrbuch, vol. XXXVIII, 1917, pp. 72-97.
El presente artículo aprovecha lo máximo posible el excelente material que trae el correspondiente del Butler, pero ha sido reorganizado atendiendo al Nuevo Martirologio Romano, que es, de alguna manera, ya heredero de todas las investigaciones citadas en la bibliografía, en especial del punto de vista del P. Delehaye.
En la iglesia de los Cuatro Coronados a las que hace mención el escrito se ha encontrado hacia el 2004 un conjunto de frescos del siglo XIII que es el mayor conjunto conservado de esa época, con la que sería posiblemente la primera representación de san Francisco de Asís, uno 20 años después de su muerte.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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San Claro, monje y presbítero
fecha: 8 de noviembre
†: 397 - país: Francia
canonización: pre-congregación
hagiografía: Santi e Beati
En Tours, de la Galia Lugdunense, san Claro, presbítero, discípulo de san Martín, que al lado del monasterio del obispo construyó una casa, donde congregó a muchos hermanos.
Nacido en Auvernia de familia ilustre, Claro se hizo discípulo de san Martín en Marmoutier, y, ordenado sacerdote, llevó a cabo tareas que lo asimilarían a un actual maestro de novicios, en lo que dio prueba de prudencia y discernimiento, y no se dejó engañar por quienes pretendían estar dotados de dones místicos extraordinarios.

Después de su muerte, Sulpicio Severo (el escritor, no el santo) lo hizo sepultar en la iglesia de Primiliacum (localidad no identificada) y pidió a san Paulino de Nola un epitafio para la tumba. Paulino le envió tres para elegir, donde, jugando con el nombre, elogiaba los méritos de Claro ("meritis et nomine clarus") y pedía su intercesión. El culto parece haberse difundido en época más tardía: el Card. Baronio lo introdujo en el Martirologio Romano el 8 de noviembre, unos días antes de san Martín de Tours, a quien habría apenas precedido en la muerte.

Traducido para ETF de una breve noticia de Roger Desreumaux en Enciclopedia dei Santi. Lamentablemente, no he conseguido los epitafios de san Paulino.

fuente: Santi e Beati
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San Adeodato I, papa
fecha: 7 de noviembre
fecha: 8 de noviembre
†: 618 - país: Italia
otras formas del nombre: Deusdedit, Diosdado
canonización: pre-congregación
hagiografía: Santi e Beati
En la basílica de San Pedro, en Roma, san Adeodato I, papa, que amó a su clero y a su pueblo y brilló excepcionalmente por su sencillez y sabiduría.

En la serie de los papas, es indicado por su nombre original Deusdedit («Dios ha dado») o el equivalente -más común como nombre- de Adeodato («dado por Dios»); en la última edición castellana del Martirologio Romano se ha inscripto con el nombre (un poco ridículo) de «Diosdado», que pretende ser una (mala) castellanización del nombre original. Hijo del subdiácono romano Esteban, fue educado en el monasterio de la ciudad dedicado a San Erasmo, aunque no hay datos de que fuera monje, aunque así lo afirmaban agunas fuentes benedictinas. No hay otras noticias de su juventud, y muy poco de su breve pontificado, porque «la primera mitad del siglo VII, fue la más terrible y devastadora para la Ciudad, la historia de Roma quedó rodeada por una densa oscuridad», en palabras del gran medievalista de la historia de Roma, Ferdinand Gregorovius.

San Gregorio Magno, unos pocos años antes, había dejado los altos cargos eclesiásticos en manos de los monjes, privilegiando así al clero monástico por sobre el secular, muy corrompido. Adeodato, que sucedió en 615 al papa Bonifacio IV, vuelve a dar los altos cargos a los sacerdotes seculares, aunque obligándolos a una vida de oración más intensa; de esta preferencia hacia el clero secular para contrarrestar al monástico proviene seguramente la frase del «Liber Pontificalis» que se recoge en el Martirologio: «amó a su clero».

En su época una parte de Italia está en manos de los lombardos y la otra, incluida Roma, depende del emperador de Oriente, representado por el Exarca, que vive en Rávena, pero que poco se ocupa del destino de Roma. Precisamente en tiempo de Adeodato el Exarca es sustituido (el anterior fue asesinado), y se reúne con el Papa en Roma. Sin embargo, a continuación, el Exarca intenta proclamarse emperador, y termina también asesinado. El emperador Heraclio reina en Constantinopla, habiendo matado a su predecesor, Focas, quien había matado a su predecesor, Mauricio y sus hijos. Estos son los tiempos de Adeodato, a los que debemos sumar las disputas doctrinales entre los cristianos, a las que Adeodato poco poco puede hacerles frente, ya que en Roma resurge en 616 la plaga, que ya había hecho estragos en el 590. Y en el 618 llega una epidemia mortal de lepra o una infección similar en la piel; y entre uno y otro contagio, el terremoto de agosto de 618. Así que «pontifica» entre los muertos, y entre los supervivientes aterrorizados que le piden ayuda, porque Roma pertenece a un emperador lejano, pero las desgracias de los romanos «pertenecen» al papa Adeodato. Pero no por mucho tiempo: en ese mismo año la muerte se apodera de él. La «densa oscuridad» que mencionaba Gregorovius también rodea a su fin, como al de tantas otras víctimas; no tenemos ninguna información sobre sus últimos días. Lo único que sabemos es que se tardaron trece meses en dar un sucesor, que será Bonifacio V. Tuvo fama de taumaturgo, porque se dice que curaba la peste con sólo apoyar sus labios sobre las llagas de los enfermos.

Se conserva además un sello de plomo (llamado «bulla», de donde deriva la actual «bula» o documento sellado con la bulla) que proviene de su reinado, y es posiblemente el más antiguo de su tipo en el papado (al menos de los que se pueden datar con certeza), por lo que Adeodato I sería el primero en promulgar «bulas pontificias»: su forma es redonda, como una moneda, y tiene la figura del pastor y las ovejas, y los símbolos de alpha y omega.

Traducido para ETF y reorganizado a partir de un escrito de Domenico Agasso en Santi e Beati; no he podido hallar una reproducción de la «bulla» de Adeodato, pero en distintas fuentes -incluido Butler- encontré el mismo dato, así que lo reproduzco, no sin reservas.

fuente: Santi e Beati
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San Wilehado de Bremen, obispo
fecha: 8 de noviembre
n.: c. 740 - †: 789 - país: Alemania
otras formas del nombre: Willehado, Willehaldo, Villeado
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Bremen, de Sajonia, san Wilehado, obispo, que, nacido en Northumbria y amigo de Alcuino, propagó el Evangelio en Frisia y Sajonia después de san Bonifacio y, ordenado obispo, fundó la sede de Bremen y la gobernó sabiamente.

Willehaldo era originario de Nortumbría, en Inglaterra. Probablemente se educó en York, pues fue amigo de Alcuino. Después de su ordenación, las conquistas espirituales que muchos de sus paisanos habían hecho para Cristo (como san Willibrordo en Frisia y san Bonifacio en Alemania), le encendieron en deseos de ir a predicar al verdadero Dios en alguna de esas naciones bárbaras. Hacia el año 766, desembarcó en Frisia y empezó a predicar en Dokkum, cerea del sitio en que san Bonifacio y sus compañeros habían recibido la corona del martirio el año 754. Después de bautizar a algunos conversos, el santo se internó hacia la región de Overyssep, sin dejar de predicar por el camino. En Humsterland, Willehaldo y sus compañeros estuvieron a punto de perecer, ya que los habitantes echaron suertes para decidir si debían exterminarlos. Pero Dios dispuso que la suerte los favoreciese. En vista de ese incidente, san Willehaldo juzgó más prudente volver a Drenthe y trabajar en los alrededores de Utrecht, cuyos habitantes eran menos hostiles. A pesar de la obra llevada Cabo por san Willibrordo y sus sucesores, quedaban todavía muchos paganos por convertir. Desgraciadamente, el celo indiscreto de algunos misioneros hizo más mal que bien. En efecto, ciertos compañeros de Willehaldo demolieron los templos de los paganos, quienes se enfurecieron tanto, que decidieron darles muerte. Uno de ellos descargó con tal fuerza su espada sobre el cuello del santo, que su cabeza habría ido a dar muy lejos, a no ser porque el acero pegó contra un grueso cordón del que llevaba siempre colgado un relicario, lo que le salvó la vida, según dice su biógrafo. Aunque debe notarse que este incidente se parece sospechosamente al que se cuenta de san Willibrordo en la isla de Walcheren.

Habiendo tenido tan poco éxito entre los frisios, san Willehaldo se trasladó a la corte de Carlomagno, quien el año 780, le envió a evangelizar a los sajones, a los que acababa de someter. El santo se dirigió a los alrededores de la actual Bremen y fue el primer misionero que cruzó el Weser. Algunos de sus compañeros llegaron hasta más allá del Elba. Durante algún tiempo, todo iba perfecamente, pero el año 782, los sajones se rebelaron contra los francos y mataron a todos los misioneros que cayeron en sus manos. San Wilehaldo huyó por mar a Frisia. Poco después, aprovechó una oportunidad para trasladarse a Roma a informar al papa Adriano I acerca del estado de su misión. Después pasó dos años en el monasterio de Echternach, que san Willibrordo había fundado. Allí reunió a sus compañeros de misión, a los que la guerra había dispersado, e hizo una copia de las Epístolas de San Pablo.

Carlomagno ahogó en sangre la rebelión de los sajones. Willehaldo regresó entonces a la región que se extiende entre el Weser y el Elba, donde fundó numerosas iglesias. El año 787, Carlomagno le nombró obispo de los sajones. El Santo fijó su residencia en Bremen. Según parece, dicha ciudad se fundó por aquélla época. El celo de san Willehaldo en la predicación era ilimitado. El 19 de noviembre de 789 consagró su catedral, construida de madera, en honor de San Pedro. Algunos días más tarde, cayó gravemente enfermo. Uno de sus discípulos le dijo llorando: «No abandonéis vuestro rebaño a la furia de los lobos». Pero él respondió: «¿Cómo podéis impedirme que vaya a Dios? Dejo a mis ovejas en manos de Aquél que me las confió, cuya misericordia es capaz de protegerlas». Su sucesor le sepultó en la nueva iglesia de piedra construida en Bremen. San Willehaldo fue el último de los grandes misioneros ingleses del siglo VIII.

Casi todos los datos que poseemos sobre san Willehaldo provienen de una biografía latina escrita hacia el año 856 por un clérigo de Bremen. Antiguamente, se atribuía esa biografía a san Anscario; actualmente se ha abandonado esa teoría, aunque parece que san Anscario escribió la relación de los milagros que acompaña a la biografía. El mejor texto de ambos documentos es el que publicó A. de Poncelet en Acta Saactorum, nov., vol. III, editado anteriormente por Mabillon y por Pertz, Monumenta Germaniae Historica, Scriptores, vol. II. Véase también a H. Timerding, Die christliche Frühzeit Deutschlands, vol. II (1929) ; Louis Halphen, Etudes critiques sur l'histoire de Charlemagne (1921) ; y Hauck, Kirchengeschichte Deutschlands, vol. II. Cf. W. Levison, England and the Continent (1949).

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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San Godofredo de Amiéns, obispo
fecha: 8 de noviembre
n.: c. 1066 - †: 1115 - país: Francia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Soissons, de Francia, muerte de san Godofredo, obispo de Amiens, que educado en la vida monástica desde los cinco años, padeció mucho en su labor incansable de dar solución a las luchas en la ciudad entre señores y plebeyos, así como por su dedicación a la reforma del clero y del pueblo.


A los cinco años de edad, Godofredo fue confiado al cuidado del abad de Mont-Saint-Quentin. Más tarde, el santo tomó el hábito y recibió la ordenación sacerdotal. Fue elegido abad del monasterio de Nogent, en Champagne. La comunidad constaba de una docena de monjes, y la disciplina monástica estaba en tan mal estado como los edificios. Bajo la dirección de san Godofredo, el monasterio empezó a prosperar. En vista de ese éxito, el arzobispo de Reims y su capítulo trataron de imponer al santo el gobierno de la gran abadía de san Remigio. Godofredo interrumpió las deliberaciones, citó con vehemencia varios cánones en contra y añadió: «¡No permita Dios que yo abandone a una esposa pobre para casarme con una rica!» Sin embargo, en 1104, fue elegido obispo de Amiens. Su residencia era verdaderamente digna de un discípulo de Cristo, pues Godofredo no olvidó nunca que era monje. En efecto, vivía muy modestamente: en cierta ocasión en que le pareció que su cocinero le trataba demasiado bien, fue a la cocina, tomó los mejores platillos y los repartió entre los pobres y los enfermos.

En el gobierno de la diócesis el santo era firme, severo e inflexiblemente justo. Un día de Navidad en que había ido a cantar la misa en presencia del conde de Artpis, en Saint-Omer, se negó a aceptar las dádivas de los nobles hasta que éstos aceptaron vestirse y vivir con mayor sencillez. San Godofredo obligó a la abadesa de San Miguel de Doullens a ir a pie a Amiens a recibir una reprimenda por haber tratado injustamente a una religiosa. Según se cuenta, el santo le mandó que buscase por toda la ciudad a la religiosa, a la que él había escondido en su propia casa. San Godofredo reclamó enérgicamente la jurisdicción sobre la abadía de Saint-Valéry. Lo que originó esa larga disputa fue que los monjes no quisieron que el obispo bendijese los manteles de los altares de su iglesia. San Godofredo tuvo que luchar mucho contra la simonía y en favor del celibato eclesiástico en su diócesis. Se cuenta que, por esa razón, una mujer intentó darle muerte. La energía del santo le hizo muy impopular entre las gentes de vida poco edificante; ello desalentó mucho a Godofredo, quien llegó a pensar en renunciar a su cargo y hacerse cartujo. Hay que reconocer que, en ciertos casos, era excesivamente severo. Por ejemplo, prohibió que se comiese carne los domingos de cuaresma. En noviembre de 1115, partió a tratar ciertos asuntos con su metropolitano; murió durante el viaje, en Soissons, donde fue sepultado.

Nuestra principal fuente de información es lo que Guiberto de Nogent cuenta sobre san Godofredo en su autobiografía. La biografía latina escrita por un monje de Soissons llamado Nicolás es mucho más detallada y no carece de valor en ciertos aspectos; pero el autor trata de exaltar a su biografiado y algunas de sus afirmaciones son ciertamente incorrectas. Nicolás escribió alrededor de 1138. A. Poncelet publicó en Acta Sanctorum, nov., vol. III, los principales pasajes de Guiberto y la biografía de Nicolás, con una luminosa introducción. Véase también A. de Colonne, Histoire de la ville d'Amiens (1899), vol. I, pp. 123-142; C. Brunei, en Le moyen üge, vol. XXII (1909), pp. 176-196; y J. Corblet, Hagiographie d'Amiens (1870), vol. II, pp. 373-445.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Beato Juan Duns Escoto, religioso presbítero
fecha: 8 de noviembre
fecha: 8 de noviembre
n.: c. 1265 - †: 1308 - país: Alemania
canonización: Conf. Culto: Juan Pablo II 6 jul 1991 - B: Juan Pablo II 20 mar 1993
hagiografía: Directorio Franciscano
En Colonia, de la Lotaringia, en Germania, beato Juan Duns Escoto, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores, que, oriundo de Escocia, enseñó las disciplinas filosóficas y teológicas en Cantorbery, Oxford, París y, finalmente, en Colonia, como maestro preclaro de sutil ingenio y fervor admirable.
refieren a este santo: San Donato Scoto
Juan Duns Scoto, «doctor sutil» de la teología escolástica, fue beatificado en marzo de 1993 por SS. Juan Pablo II, aunque recibía ya culto local desde su muerte, se había ya autorizado el culto en 1991 (AAS 84 pág 396), grandes papas honraron su memoria (como la hermosa carta «Alma parens», de SS Pablo VI con ocasión del séptimo centenario de su nacimiento) y su teología jugó un papel fundamental en la declaración del dogma de la Inmaculada, en 1854, ya que fue prácticamente el único gran teólogo escolástico que desarrolló una mariología completa y coherente que incluía esta -en ese momento- convicción teológica como una de sus piezas fundamentales. El escrito que presentamos es un extracto de la Carta encíclica del Rdmo. P. Constantino Koser, Vicario general O.F.M., en el VII centenario del nacimiento de Juan Duns Escoto (1966), que puede leerse entera (y vale mucho la pena) en el sitio franciscano; allí mismo se encontrarán varios otros escritos sobre el beato, incluyendo la homilía de SS Juan Pablo II en la ceremonia de beatificación.

El carácter práctico de la teología según Juan Duns Escoto (extracto)


El beato Juan Duns Escoto sobresale entre los grandes Maestros de la doctrina escolástica por el papel excepcional que representó en la filosofía y en la teología. En efecto, él brilló especialmente como defensor de la Inmaculada Concepción y eximio defensor de la suprema autoridad del Romano Pontífice. Además, con su doctrina y sus ejemplos de vida cristiana, gastada enteramente en la prosecución de la gloria de Dios, ha atraído a no pocos fieles, a lo largo de los siglos, al seguimiento del divino Maestro y a caminar más expeditamente por la vía de la perfección cristiana».

En vida, pues, estuvo circundado por la fama de virtud y santidad: fama que fue aumentando y consolidándose después de su muerte, tanto en Colonia como en otras ciudades. Aunque la fama de santidad se haya difundido, enriquecida con testimonios de culto, inmediatamente después de la muerte y no ha disminuido desde entonces, sin embargo la Divina Providencia ha dispuesto que sean nuestros tiempos los bienhadados testigos de su glorificación, ya sea mediante el reconocimiento del culto que recibe desde tiempo inmemorial y de sus virtudes heroicas que refulgen en la santa Iglesia, ya sea mediante la solemne concesión de los honores litúrgicos de la Iglesia.

El Beato Juan Duns Escoto nació en Escocia hacia el año 1265. Su familia era devota de los hijos de San Francisco de Asís, los cuales, imitando a los primeros predicadores del Evangelio, llegaron a Escocia desde los comienzos de la Orden. Hacia el año 1280 fue admitido en la Orden de los Frailes Menores por su tío paterno, Elías Duns, vicario de la recién creada Vicaría de Escocia. En la Orden Franciscana perfeccionó su formación y la vida espiritual, amplió la propia cultura, dotado como estaba de una viva y aguda inteligencia. Ordenado sacerdote el 17 de marzo de 1291, fue enviado a París para completar los estudios. Por sus eximias virtudes sacerdotales le fue encomendado el ministerio de las confesiones, tarea que entonces gozaba de gran prestigio. Obtenidos los grados académicos en la universidad de París, dio comienzo a su docencia universitaria, que tuvo por escenario las ciudades de Cambridge, Oxford, París y Colonia. Obsecuente con el querer de San Francisco, que en su Regla (2 R 12) había prescrito a sus frailes que obedecieran plenamente al Vicario de Cristo y a la Iglesia, rehusó la invitación cismática de Felipe IV, rey de Francia, contrario al papa Bonifacio VIII. Por este motivo fue expulsado de París. Al año siguiente, sin embargo, pudo volver a esta ciudad y reemprender la enseñanza tanto de filosofía como de teología. Después fue enviado a Colonia, donde le sorprendió de improviso la muerte el 8 de noviembre de 1308, cuando estaba dedicado a la vida regular y a la predicación de la fe católica. Resplandeció hasta el final de sus días como un fiel servidor de aquella verdad que había sido su alimento espiritual cotidiano. La había asimilado con la mente, en la meditación, y la había difundido eficazmente con su palabra y sus escritos, revelándose un consumado maestro de inteligencia tan ardiente como sorprendente.

Juan Duns Escoto, convencido de que «el primer acto libre que se encuentra en el conjunto del ser es un acto de amor» (E. Gilson, Jean Duns Scot. Introduction à ses positions fondamentales, Études de Philosophie Médiévale, 42, París 1952, 577), mostró una destacada aptitud y una predilección extraordinaria por la vocación y la singular forma de vida sencilla y transparente del seráfico Padre San Francisco: a ésta dirigía sus intenciones e ideales congénitos, que lo llevaron a centrar en Jesucristo todos sus pensamientos y sus afectos, y a desarrollar un profundo y sincero amor a la Iglesia, que perpetúa su presencia y nos hace participar en su salvación. Utilizando sabiamente las cualidades recibidas como don de Dios desde su nacimiento, fijó los ojos de su mente y los latidos de su corazón en la profundidad de las verdades divinas, redundando de plena alegría, propia de quien ha encontrado un tesoro. En efecto, subió cada vez más alto en la contemplación y en el amor de Dios. Con la humildad propia del hombre sabio, no se apoyaba en sus propias fuerzas, sino que confiaba en la gracia divina que pedía a Dios con ferviente oración.

La teología alimentaba su vida espiritual y, a su vez, la vida espiritual consolidaba su teología. Así, iluminado por la fe, sostenido por la esperanza e inflamado por la caridad, vivió en íntima unión con Dios, «Verdad de verdades»: «Oh Señor, Creador del mundo -pedía Duns Escoto en el exordio del De primo Principio, una de las obras de metafísica mejor articuladas de la cristiandad-, concédeme creer, comprender y glorificar tu majestad y eleva mi espíritu a la contemplación de Ti». Con su «ardiente ingenio contemplativo» se dirigía a Aquel que es «Verdad infinita y bondad infinita», «Primer eficiente», «el Primero, que es fin de todas las cosas», «el Primero en sentido absoluto, por eminencia», «el Océano de toda perfección» y «el Amor por esencia» (cf. Alma Parens, A.A.S., 1966, p. 612). De Dios, el Ser primero y total, infinito y libre, lo amaba todo y deseaba conocerlo todo. De ahí su perspicaz especulación puesta al servicio de una atenta escucha de la revelación que Dios hace de sí mismo en el Verbo eterno: para conocer a Dios, al hombre, el cosmos y el sentido primero y último de la historia.

En la historia de la reflexión cristiana se impuso como el Teólogo del Verbo encarnado, crucificado y eucarístico: «Digo, pues, como opinión mía -escribía a propósito de la presencia universal del Cuerpo eucarístico de Cristo en cualquier parte del espacio y del tiempo cósmico-, que ya antes de la Encarnación y antes de que "Abrahán existiese", en el origen del mundo, Cristo pudo haber tenido una verdadera existencia temporal en forma sacramental... Y si esto es así, se sigue de ahí que la Eucaristía pudo haber existido antes de la concepción y de la formación del Cuerpo de Cristo en la purísima sangre de la Bienaventurada Virgen» (Reportatio parisiensis, IV, d. 10, q. 4, n. 6.7; Ed. Vivès XVII, 232a. 233a).

El Beato Juan Duns Escoto, desarrollando la doctrina de la Predestinación absoluta y del Primado universal de Jesucristo, despliega su visión teológica, anticipando en cierto modo la teología de la Iglesia de nuestros tiempos: «El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó a fin de salvar, siendo Él hombre perfecto, a todos los hombres, y para hacer que todas las cosas tuviesen a Él por cabeza. El Señor es el término de la historia humana, el punto hacia el cual convergen los deseos de la historia y de la civilización, el centro del género humano, el gozo de todos los corazones y la plena satisfacción de todos sus deseos. Él es aquel a quien el Padre resucitó de entre los muertos, ensalzó e hizo sentar a su derecha, constituyéndolo juez de los vivos y de los muertos. Vivificados y congregados en su Espíritu, peregrinamos hacia la consumación de la historia humana, que corresponde plenamente a su designio de amor: "Recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra" (Ef 1,10)» (Concilio Vaticano II, Constitución «Gaudium et Spes», n. 45). De la autorrevelación de Dios en el Verbo, la revelación del misterio del hombre: «En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación... En Él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» (Gaudium et Spes, n. 22).

fuente: Directorio Franciscano
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Beata María Crucificada Satellico, abadesa
fecha: 8 de noviembre
n.: 1706 - †: 1745 - país: Italia
canonización: B: Juan Pablo II 10 oct 1993
hagiografía: Frate Francesco
En Ostra Vetere, del Piceno, en Italia, beata María Crucificada (Isabel María) Satellico, abadesa de la Orden de Clarisas, extraordinaria en la contemplación del misterio de la cruz y enriquecida con carismas místicos.

Isabel María nació en Venecia el 9 de enero de 1706, de Pedro Satéllico y Lucía Mander. Vivió con sus padres en casa de un tío materno sacerdote, que se encargó de su formación moral y cultural. Su débil contextura física quedaba contrarrestada por una precoz inteligencia. Pronto aprendió a leer, y demostró enseguida una especial predisposición para la oración, la música y el canto. Desde niña quiso ser monja capuchina, y santa. Pero el Señor tenía otros planes. Una joven de Venecia, que enseñaba música y canto en el monasterio de clarisas de Ostra-Vétere, en las Marcas, tuvo que abandonar por motivos de salud, e Isabel, con apenas 14 años, aceptó ocupar su lugar, al tiempo que continuaba su formación como postulante. Cinco años tuvo que esperar, hasta obtener la autorización del obispo de Senigallia para empezar el noviciado. Era el 13 de mayo de 1725. Con el nuevo nombre de María Crucificada, la novicia se aplicó todo el año en el recogimiento y la oración, meditando y deseando ser participe del misterio de la cruz.

El 19 de mayo de 1726 profesó en manos del Vicario general de la diócesis de Senigallia. A partir de entonces, todos sus esfuerzos se concentraron en la realización de lo que siempre había deseado: ser cada vez más semejante a Jesús Crucificado, con la práctica de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia y la devoción filial a la Virgen Inmaculada, en el espíritu de Clara de Asís. La Eucaristía era el alimento diario de su esperanza y caridad, que se manifestaba, como en Francisco y Clara, en un amor fraterno y universal hacia todos los redimidos por la cruz de Cristo. Contemplación, austeridad y penitencia la hacían cada vez más partícipe del misterio de la cruz, al tiempo que salía victoriosa en todas sus tribulaciones. Porque Dios la probó y purificó con frecuentes aflicciones y tentaciones diabólicas, y con graves enfermedades. Pero, con la ayuda de directores espirituales santos y expertos -el conventual Ángelo Sandreani y el P. Giovanni Battista Scaramelli, su primer biógrafo- logró soportar y superar todas las pruebas, hasta alcanzar una extraordinaria perfección, manifestada en signos extraordinarios y auténticos fenómenos místicos.

En 1742 fue elegida abadesa del monasterio. La autoridad era para ella servicio y amor a la comunidad, ejercido con bondad, firmeza y buen ejemplo. Fue reelegida para el mismo cargo en 1745, pero renunció por su mala salud. El obispo, sin embargo, a obligó a ejercer de Vicaria. La muerte le llegó el 8 de noviembre de 1745, a la edad 39 años. Su cuerpo fue sepultado en la iglesia de Santa Lucía de Ostra Vétere.

La extraordinaria fama de su santidad quedó avalada por numerosas gracias y favores atribuidos a su intercesión, de modo que, a los siete años de su muerte, el 18 de agosto de 1752, se abrió el primer proceso ordinario para su beatificación, que quedó arrinconado por circunstancias de la época. Recibió nuevos impulsos en 1826, con León XII, y en 1914, con san Pío X. El 14 de mayo de 1991 tuvo lugar la aprobación del milagro atribuido a su intercesión y, por último, fue proclamada beata por Juan Pablo II, el 10 de octubre de 1993.

fuente: Frate Francesco
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Santos José Nguyên Dinh Nghi, Pablo Nguyên Ngân, Martín Ta Dúc Thinh, Martín Tho y Juan Bautista Con, mártires
fecha: 8 de noviembre
†: 1840 - país: Vietnam
canonización: B: León XIII 27 may 1900 - C: Juan Pablo II 19 jun 1988
hagiografía: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003
En la localidad de Nam Dinh, en Tonkín, santos mártires José Nguyên Dinh Nghi, Pablo Nguyên Ngân, Martín Ta Dúc Thinh, presbíteros, y Martín Tho y Juan Bautista Con, labradores, que en tiempo del emperador Thiêu Tri fueron decapitados por causa de su fe cristiana.

En las inmediaciones de la ciudad tonkinesa de Nam-Dinh, en el llamado Campo de las Siete Yugadas fueron decapitados el 8 de noviembre de 1840 cinco fieles de Cristo que derramaron su sangre por la fe. Tres de ellos eran sacerdotes y dos seglares. Eran sacerdotes José Nguyên Dinh Nghi, Pablo Nguyên Ngân y Martín Ta Dúc Thinh, y eran seglares Martín Tho y Juan Bautista Con. Los tres sacerdotes estaban hospedados por los seglares en el poblado de Ke-Bang, pero un espía dio aviso al gobernador de Nam-Dinh, el cual mandó tropas que de forma inesperada cayeron sobre el poblado el 30 de mayo de 1840 y registraron y maltrataron a los pobres habitantes hasta que los sacerdotes y sus anfitriones fueron encontrados. Llevados a la capital hubo agotadores interrogatorios y tremendos tormentos para que apostataran, pero no se consiguió que ninguno abandonara la fe cristiana. Cargados con la canga, fueron expuestos muchas horas al sol y luego relegados a una horrible cárcel. Nada minó su heroica resistencia, y por ello fueron finalmente decapitados. fueron canonizados el 19 de junio de 1988 por el papa Juan Pablo II. Éstos son sus datos:

-José Nguyên Dinh Nghi adoptó este apellido cuando se hizo sacerdote. El suyo era Kim y era hijo de una rica familia de Ke-Noi, nacido hacia 1771. Ordenado sacerdote, se le envió a Bac y a Phu-Nac, acreditándose por su celo apostólico y vida ejemplar. Fue párroco en Da-Phan durante diez años y finalmente fue destinado a Ke-Bang.

-Pablo Nguyên Ngân, nacido también hacia 1771, era del poblado de Cu-Khan, en el Tonkín occidental. Una vez ordenado sacerdote fue asignado como coadjutor al párroco de Ke-Bang. Trabajaba con mucho celo en su floreciente comunidad cristiana.

-Martín Ta Dúc Thinh había nacido en Ke-Set hacia 1760 y era, por tanto, ya octogenario cuando le llegó la hora del martirio. Su destino era la parroquia de Ke-Trinh, pero le había salido un fuerte absceso en el labio inferior y había ido a Ke-Bang para curarse. Aquí se hospedaba en casa del agricultor Juan Bautista Con. Los soldados al verlo tan mayor quisieron que renegara de la fe en el mismo sitio de la captura, pero como él se negó lo llevaron preso con los otros.

-Martín Tho era natural de Ke-Bang, donde nació en 1787, y era exactor de impuestos al tiempo que cultivaba sus propias tierras. Cuando destinaron al pueblo al coadjutor Pablo Ngan, Martín le ofreció su casa y allí le hospedaba, y allí encontraron al sacerdote, motivo por el que fue arrestado con él.

-Juan Bautista Con nació hacia 1804, había sido recolector de impuestos pero luego dejó el cargo para dedicarse al cuidado de sus fincas. Al llegar enfermo el anciano sacerdote Martín Ta Duc, lo hospedó caritativamente, y por esa causa fue arrestado.

fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003
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