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(De las Oraciones de Santa Catalina de Siena, virgen y doctora - OR, XI, Anunciación 1379; ed. G. Cavallini, Roma 1978, pp. 123-129)

Dios mismo llama a las puertas de la voluntad de María

Tú, oh María, eres como un libro en el que se halla descrito nuestro modo de obrar. En ti se halla descrita la sabiduría del Padre eterno y en ti se manifiesta hoy la dignidad, la fortaleza y la libertad del hombre. Si considero tu inmensa determinación, oh Trinidad eterna, veo que en tu luz tuviste en cuenta la dignidad y nobleza de la familia humana. Efectivamente, igual que tu amor te obligó a producir desde ti mismo al hombre, así este mismo amor te obligó a redimirlo cuando ya estaba vendido y perdido. Bien demostraste amar ya al hombre, incluso antes de que existiese, cuando quisiste sacarlo de ti mismo movido sólo por amor. Pero aún demostraste un amor hacia él todavía mayor cuando te diste a ti mismo a él y hoy te encierras en el envoltorio humilde de su humanidad. ¿Y qué más podías darle que darte a ti mismo? Verdaderamente puedes decirle: ¿Qué más cabía hacer por ti? — incluso: ¿qué más "podía" hacer que yo no lo haya hecho? (Is 5, 4)

Por tanto compruebo que todo lo que en tu grande determinación vio tu sabiduría eterna que debía hacerse en orden a la salvación del género humano, esto fue lo que tu clemencia inefable quiso hacer y lo que tu poder hoy realizó

¿Qué has hecho? ¿Qué determinaste en tu sabiduría eterna e incomprensible de modo que cumpliendo tu decisión a la vez fuese obra de misericordia y de modo tan perfecto cumplieras con tu justicia? (Tt 3, 5) ¿Cuál es el remedio que nos has dado? Este es el remedio oportuno: has dispuesto darnos a tu Palabra Unigénita para que tomando ella la masa de nuestra humanidad, que te había ofendido, sufriendo después ella misma, diera así satisfacción a tu justicia no por la fuerza de la humanidad sino de la divinidad unida a la misma humanidad. De este modo satisface a la justicia el mismo hombre que había pecado y tu designio se cumple cuando por tu misericordia das al hombre tu Unigénito para que así el hombre pueda librarse de la culpa satisfaciendo por la fuerza de su divinidad)


Oh María, veo que la Palabra se da en ti, y, sin embargo, no se separa de su Padre, como la palabra en la mente del hombre, que si bien se pronuncia externamente y se comunica a otros, sin embargo, no abandona o se separa del corazón. Por todo ello se ve la dignidad del hombre, ya que por él has hecho tantas y tan grandes cosas

También en ti, oh María, se manifesta hoy, la fortaleza y la libertad del hombre. Después de la deliberación de tan gran designio fue enviado a ti el ángel y te anuncia el mensaje de la divina decisión, pidiendo tu consentimiento; y el Hijo de Dios no baja a tu seno antes de que tú dieras el consentimiento de tu voluntad. Estaba esperando a las puertas de tu voluntad para que abrieras al que quería venir a ti; nunca hubiera entrado mientras tú no abrieras la puerta al decir: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra (Lc 1, 38). Golpeaba a tu puerta, oh María, la eterna Deidad, pero si no hubieras abierto las puertas de tu voluntad, Dios no hubiera tomado carne humana

Sonrójate, alma mía: pues ves cómo hoy Dios contrajo e hizo parentela con María. Aunque has sido creada sin tu participación, no serás salvada sin tu participación

Oh María, dulce amor mío, en ti está escrita la Palabra de la que recibimos la doctrina de la vida; tú eres la tablilla en la que está grabada esta Palabra y tú nos ofreces su doctrina

El Diálogo 75
En la Confesión se realiza la misericordia de Dios


También recibe el alma de otra manera este bautismo, hablando de un modo figurado, por especial providencia de mi divina caridad. Yo conocía la debilidad y fragilidad del hombre, que le lleva a ofenderme. No que se vea forzado por ella ni por ninguna otra cosa a cometer la culpa, si él no quiere, sino que, como frágil, cae en culpa de pecado mortal, por la que pierde la gracia que recibió en el santo bautismo en virtud de la Sangre. Por esto fue necesario que la divina Caridad proveyese a dejarles un bautismo continuo de la Sangre. Este bautismo se recibe con la contrición del corazón y con la santa confesión, hecha, cuando tienen posibilidad de ello, a los pies de mis ministros, que tienen la llave de la Sangre. Esta Sangre es la que la absolución del sacerdote hace deslizar por el semblante del alma

Si la confesión es imposible, basta la contrición de corazón. Entonces es la mano de mi clemencia la que os da el fruto de esta preciosa sangre. Mas, pudiendo confesaros, quiero que lo hagáis. Quien pudiendo no la recibe, se ha privado del precio de la Sangre. Es cierto que en el último momento, si el alma la desea y no la puede haber, también la recibirá; pero no haya nadie tan loco que con esta esperanza aguarde a la hora de la muerte para arreglar su vida, porque no está seguro de que, por su obstinación, yo en mi divina justicia, no le diga: "Tú no te acordaste de mí en vida, mientras tuviste tiempo, tampoco yo me acuerdo de ti en la hora de la muerte". Que nadie, pues, se fíe, y si alguien, por su culpa, lo hizo hasta ahora, no dilate hasta última hora el recibir este bautismo de la esperanza en la Sangre. Puedes ver, pues, cómo este bautismo es continuo, en el que el alma debe ser bautizada hasta el final de su vida

En este bautismo conoce que mi operación (es decir, el tormento de la cruz) fue finita, pero el fruto del tormento que por mí habéis recibido es infinito en virtud de la naturaleza divina, que es infinita, unida con la naturaleza humana, finita, que fue la que sufrió en mí. Verbo, vestido de vuestra humanidad. Mas porque una naturaleza está unida y amasada con la otra, la Deidad eterna trajo de sí e hizo suya la pena que yo sufrí con tanto fuego de amor. Por esto puede llamarse infinita esta operación, no porque lo sea el sufrimiento actual del cuerpo y el sufrimiento que me proporcionaba el deseo de cumplir vuestra redención (ya que ambas terminaron en la cruz cuando el alma se separó del cuerpo), pero el fruto, que proviene del sufrimiento y del deseo de vuestra salvación, sí es infinito. Por esto lo recibís infinitamente. Si no hubiese sido infinito, no habría sido restaurado todo el género humano: pasados, presentes y venideros. Ni el hombre cuando peca podría levantarse después de su pecado, si no fuera infinito este bautismo de la Sangre que se os ha dado, es decir, si no fuera infinito su fruto

Esto os manifesté en la apertura de mi costado, donde halláis los secretos del corazón, demostrándoos que os amo mucho más de lo que puedo manifestar con un tormento finito. ¿En qué te he revelado que es infinito? En el bautismo de la Sangre, unido con el fuego de mi caridad, derramada por amor, con el bautismo general, dado a los cristianos y a quienes quieran recibirlo, del agua, unido con la Sangre y con el fuego, en que el alma se amasa con mi Sangre. Para dároslo a entender, quise que del costado saliese sangre y agua. Con esto he querido responder a lo que tú me preguntabas

Santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia


Carta n. 165
Abraza a Jesus crucificado, amante y amado


Queridísima hermana en Jesús. Yo, Catalina, sierva de los siervos de Jesús, te escribo en su sangre preciosa, deseosa de que te alimentes y te nutras del amor de Dios como del seno de una dulce madre. ¡Nadie, de hecho, puede vivir sin esta leche!

Quien posee el amor de Dios, encuentra en ello tanta alegría que cualquier amargura se transforma en dulzura, y todo gran peso se vuelve ligero. No hay de qué sorprenderse porque, viviendo en la caridad, se vive en Dios: "Dios es amor ; el que está en el amor habita en Dios y Dios habita en él".

Viviendo en Dios, por tanto, no se puede tener amargura alguna, porque ¡Dios es delicia, dulzura y alegría infinitas!

Es ésta la razón por la que los amigos de Dios son siempre felices. Aun enfermos, indigentes, afligidos, atribulados, perseguidos, nosotros estamos alegres.

Aun cuando todas las lenguas que hablan mal nos criticasen, no nos importaría, ya que de todo nos alegramos y disfrutamos, porque vivimos en Dios, nuestro reposo, y gustamos la leche de su amor. Como el niño obtiene la leche del seno de la madre, así nosotros, enamorados de Dios, obtenemos el amor de Jesús crucificado, siguiendo siempre sus huellas y caminando junto a Él por la via de las humillaciones, de las penas y de las injurias

No buscamos la alegría si no en Jesús, y huimos de toda suerte de gloria que no sea la de la cruz. Por tanto ¡Abraza a Jesús crucificado, alzando hacia él la mirada de tu deseo!
Considera el ardiente amor por tí, que ha llevado a Jesús a derramar sangre de cada poro de su cuerpo

Abraza a Jesús crucificado, amante y amado, y en Él encontrarás la vida verdadera, porque es Dios que se ha hecho hombre. ¡Ardan tu corazón y tu alma por el fuego de amor obtenido de Jesús clavado en la cruz!

Debes, entonces, transformarte en amor, mirando al amor de Dios, que tanto te ha amado, no porque tuviera ninguna obligación para contigo, sino por pura donación, empujado sólo por su inefable amor.

¡No tendrás otro deseo que el de seguir a Jesús! Como embriagada por el Amor, no te darás ya cuenta de si te encuentras sola o en compañía: ¡No te preocupes por nada, sólo de encontrar a Jesús y caminar tras Él!
¡Corre,Bartolomea, y no te duermas nunca más, porque el tiempo corre y no espera ni un momento! Permanece en el dulce amor de Dios. Jesús dulce, Jesús amor

Santa Catalina de Siena:.
(Carta a Bartolomea, esposa de Salviato da Lucca)

Carta n. 15.
Consejo
Sea alabado Jesucristo crucificado, hijo de la gloriosa Virgen María

A ti, queridísimo y amadísimo hermano, comprado con la preciosa sangre del Hijo de Dios, como yo, indigna Catalina, escribo obligada por Cristo crucificado y por su dulce Madre María, que os suplique y urja que debéis salir y abandonar la dureza y la tenebrosa incredulidad, y que debéis someteros y recibir la gracia del santo bautismo: pues sin el bautismo no podéis tener la gracia de Dios. Quien se encuentra sin bautismo no participa del fruto de la santa Iglesia, sino que, como miembro podrido y arrancado de la comunidad de los fieles cristianos, pasa de la muerte temporal a la muerte eterna, y recibe justamente pena y tinieblas, pues no ha querido lavarse en el agua del santo bautismo, y ha despreciado la sangre del Hijo de Dios, que derramó con tanto amor

Oh, queridísimo hermano en Jesucristo, abre el ojo del entendimiento para contemplar su inestimable caridad, que te manda mediante invitación con las inspiraciones santas que han surgido en tu corazón; y que por sus siervos te pide y te invita, pues quiere hacer las paces contigo, sin fijarse en la prolongada guerra e injuria que ha recibido de ti por tu incredulidad. Pero cuánto es dulce y bondadoso nuestro Dios puesto que, ya que vino la ley del amor, y el Hijo de Dios vino de la Virgen María, y derramó la abundancia de su sangre sobre el árbol de la santísima cruz, podemos recibir la abundancia de la misericordia divina

Por lo que, puesto que la ley de Moisés estaba fundada sobre la justicia y el castigo, así la nueva ley dada por Cristo crucificado, vida evangélica, está fundada en el amor y la misericordia. Puesto que Él es dulce y benigno, siempre que el hombre vuelva a Él humilde y creyente, y creyendo por Cristo se tiene la vida eterna. Y parece que no quiere recordar las ofensas que nosotros le hacemos; y que no quiere condenarnos eternamente, sino que siempre quiere ser misericordioso

Por eso levántate, hermano mío, en tanto en cuanto quieras estar unido a Cristo; y no duermas ya en tanta ceguera, porque ni Dios quiere, ni yo lo quiero, que la hora de la muerte te encuentre ciego; sino que mi alma desea el verte acercándote a la luz del santo bautismo, como el ciervo desea, cuando tiene hambre, el agua viva. Por lo tanto, ya no te resistas al Espíritu Santo que te llama, y no desprecies el amor que te tiene María, ni las lágrimas y oraciones que se hacen por ti; porque entonces te resultaría demasiado pesado el juicio. Permanece en el santo y dulce amor de Dios; y yo le pido a Él, que es la Verdad suma, que nos ilumine y nos llene con su santísima gracia, y que satisfaga mi deseo respecto de ti, Consejo

Esta te es dada, Consejo, de parte de Jesucristo. Sea alabado Cristo crucificado, y su dulcísima Madre, la gloriosa Virgen y Madre Santa María. Jesús dulce, Jesús amor

Santa Catalina de Siena:
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